HE AHÍ AL HOMBRE

PRESENTACIÓN

Hace más de cinco décadas, el Siervo de Dios Jesús Emilio Jaramillo, entonces Superior General del Instituto de Misiones de Yarumal, escribió y publicó “He ahí al Hombre”, el libro que ahora tengo la alegría de presentar. Se trata de un serie de meditaciones preciosas sobre la persona adorable de Jesús, que el autor pensó no sobrevivirían a su propia muerte. Por eso, con humildad, subtituló el escrito: “Palabras fugaces sobre Cristo”. Él mismo veía pequeña su obra, “como una semilla, como un poco de levadura, como una llamita de fuego insignificante”; pero, a la vez, tenía también la esperanza de que  por la fuerza de Dios fuera capaz de iluminar, de transformar y de producir fruto en muchos corazones.

Monseñor Jesús Emilio percibe su impotencia para hablar sobre Cristo; sin embargo, sabe que como su discípulo debe dar testimonio, como misionero está llamado a anunciarlo hasta los confines del mundo, como alguien que lo ama apasionadamente no puede negarse a compartir, al menos confidencialmente al grupo de sus amigos, la experiencia que ha tenido de él. De otra parte, vislumbrando ya desde entonces, con extraña lucidez, el cambio cultural que vivimos, ve la necesidad que tiene el hombre contemporáneo de conocer a Cristo, único pozo que quita la sed para siempre. Por eso, con gozo más bien que con temor, como los niños hebreos a la entrada de Jesús a Jerusalén, se atreve a lanzar sus palmas y su canto.

Monseñor Jesús Emilio es un gran intelectual que conoce las tendencias de la literatura, del pensamiento y de la teología de su tiempo; las ha asimilado y sin perder ese contexto y esa altura, presenta, como en un itinerario catequético, el proceso del espíritu humano para conocer a Cristo, para seguirlo, para amarlo, para tener una sola vida con él. Va guiando, entonces, el camino desde cuando lo muestra como la respuesta indispensable a la honda inquietud de toda persona hasta su regreso como Señor de la historia para inaugurar la tierra nueva. No entra, por consiguiente, en disquisiciones científicas ni en estudios históricos ni en elucubraciones teológicas; es un acercamiento a Cristo desde la fe y desde el amor que llenan el corazón.

A mi modo de ver, el valor de este texto no es la erudición que ciertamente revela, ni la profundidad del pensamiento que está patente, ni la pedagogía con que va desvelando toda la persona del Señor, ni la belleza de la palabra en la que el autor es consumado maestro, sino esa íntima y recatada declaración de cómo el mismo Siervo de Dios ha ido entrando en “el misterio escondido por los siglos” (Col 1,26), de cómo se esfuerza por alcanzar la estatura del hombre perfecto que tenemos en él (Ef 4,13), de cómo ha llegado a amarlo con tal ardor hasta no poder sino, como Pablo, ser uno con él (Gal 2,20). Así nos lleva también a nosotros a sentir el Amor que viene de arriba y que va arropando toda la vida.

La profesión de fe y de amor sobre Cristo que ha hecho Monseñor Jesús Emilio Jaramillo en este libro ha quedado refrendada por cincuenta años de servicio misionero, de ellos casi veinte como Obispo de Arauca al servicio de los indios tunebos y de los campesinos del Oriente Colombiano. Pero ha sido particularmente validada por su testimonio hasta el derramamiento de la sangre. A la luz de la vida, de la obra evangelizadora y del martirio de este Siervo de Dios, el libro que venturosamente ahora se reedita adquiere una nueva fuerza y una nueva luz. Definitivamente, no fue un manojo de “palabras fugaces sobre Cristo”; hoy, con más potencia, nos invita a entrar en la novedad definitiva del Resucitado, llenándonos de alegría y de esperanza.

En este momento apasionante y dramático de la historia, cuando con frecuencia no se distingue entre el resplandor de la verdad y las falacias del error, cuando continúa la batalla entre el amor y la violencia, nos llega la voz de un profeta y de un mártir a decirnos que sólo Cristo es el camino, la verdad y la vida (Jn 14,6). Que esta voz nos ayude a tener un encuentro personal con el Señor, que nos anime a seguirlo con renovado entusiasmo, que nos vigorice en la comunión eclesial frente a los avatares que vienen, que nos motive a una formación sólida de nuevos discípulos. Que esta experiencia de Jesús nos conduzca a ser de Dios como es él y a nacer de nuevo de su Espíritu. Que, como a los discípulos de Emaús, nos haga arder el corazón, nos sane las desilusiones y nos impulse a proclamar que el Señor está vivo y nos acompaña en el camino.

+ Ricardo Tobón Restrepo
Arzobispo de Medellín

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