APARECIÓ UNA MUJER

PRESENTACIÓN

La identidad profunda de María nos la da el Evangelio cuando la llama simplemente: “la Madre del Señor” (Lc 1,43). Ella fue elegida para el acontecimiento culminante de la historia de la salvación (Gal 4,4) cuando, bajo la sombra del Espíritu, la Palabra se hizo carne en sus entrañas (Jn 1,14). María, con una singular colaboración, se entregó totalmente al proyecto divino y fue “bienaventurada por haber creído” (Lc 1,45). Esta es la figura de María que el Siervo de Dios Jesús Emilio Jaramillo nos presenta en su libro “Apareció una Mujer”.

María es la única creatura en quien la idea creadora de Dios se refleja fielmente y en quien se realiza la definición completa y auténtica del ser humano, imagen de Dios. En ello busca adentrarse este texto de notable profundidad y lirismo, que contempla a Dios actuando en las entrañas y en el corazón de la Virgen. Aunque el autor piensa que es de “alcances populares”, el libro se puede aprovechar mejor si se tiene formación intelectual, honda espiritualidad y sensibilidad estética.

No se trata de una Mariología completa y sistemática, si bien se aprovechan los mejores frutos de esta rama teológica. Aunque anterior a la reflexión del Concilio Vaticano II, esta meditación sobre María está profundamente arraigada en la Escritura y fecundada con la enseñanza de los Padres de la Iglesia; esto hace que haya quedado situada en la línea conciliar que muestra a Nuestra Señora en el misterio de Cristo y de la Iglesia y esto ha permitido, que sin ninguna revisión posterior, hoy conserve intactas la frescura, la actualidad y la belleza.

Aquí está el verdadero culto que se le debe rendir a la Santísima Virgen sin maximalismos perniciosos, sin credulidad excesiva, sin sentimentalismos fatuos, sin exageraciones deformantes de la espiritualidad cristiana. María aparece como la discípula que acoge y hace carne la Palabra, como la humilde esclava que proclama la grandeza y la misericordia de Dios, como la mujer de la caridad solícita que llega a unirse plenamente al amor redentor de Cristo, como el prototipo de la fe que ayuda a reproducir en los otros hijos los rasgos del Hijo Unigénito.

Hay en la obra un innegable propósito de evangelización. Ante el secularismo, la gran tentación del hombre contemporáneo, Monseñor Jesús Emilio nos lleva a contemplar la Mujer que ha sido anunciada al comienzo y al final de la revelación divina como un signo de salvación (Gn 3,15; Ap 12,1). Él sabe que en la realidad profunda de cada persona, en la frecuente angustia de la sociedad, en la fatiga decadente y la esperanza creadora de la historia, ella nos ayuda a encontrar los caminos perdidos del espíritu y a entrar por la propuesta siempre nueva del Evangelio.

El Siervo de Dios define su libro como “un canto en la intimidad”. Ciertamente tiene un corte personal y el autor se compromete a fondo; nos revela su experiencia interior, su oración, sus sufrimientos, su esperanza; es un desahogo del corazón que él presenta como “un regalo agreste de su simplicidad”. Podría decirse que “Apareció una mujer” es, a la vez, preparación y continuación de “He ahí al Hombre”. Se ve que las dos obras se gestaron al mismo tiempo, se publicaron juntas, son fruto de un mismo espíritu y tienen el mismo fin de evangelizar e invitar a la santidad.

Este libro jugoso, delicado, preciso, lleno de unción, verdaderamente bello en el que Monseñor Jesús Emilio ha puesto sus cualidades de teólogo, poeta, misionero y místico nos muestra, finalmente, que la “llena de gracia” es anuncio de la plenitud final que la Iglesia espera. Ella aparece, en medio del egoísmo, la codicia, la violencia y todas las formas de pecado que se dan en el mundo, como la Mujer nueva que garantiza la posibilidad futura del ser humano. La ardiente deprecación con que termina la obra es un grito que brota del alma del Siervo de Dios, que vivió siempre en tensión escatológica como preparando su martirio, para decirnos que nos queda María como un signo de consuelo y de esperanza.

+ Ricardo Tobón Restrepo
Arzobispo de Medellín

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