JESÚS EMILIO JARAMILLO Y EL CELO ARDIENTE HASTA EL SACRIFICIO

Mons. Jesús Emilio Jaramillo M. mxy

¿Qué sentido tiene el martirio?

Este hombre es muy conocido para nosotros —javerianos— pero quizá desconocido para algunos. ¿Qué puedo decir de él? sólo que fue un seminarista aficionado por la oración, un sacerdote amante de su Instituto, un predicador de talla internacional y un obispo mártir; sí, sacrificó su vida en sintonía con el Evangelio.

He tenido el honor, aunque sin merecerlo, de acceder a los documentos de su causa de canonización. En los interrogatorios que hacen a personas como el padre Abraham Builes MXY o Mons. Heriberto Correa Yepes MXY, que lo conocían desde niño, no dejó de impresionarme la manera cómo se referían a él en su vida de seminarista: “… de mucha oración, en los paseos que hacíamos de seminaristas, él se iba con unos cuantos a un lugar apartado a orar”.

Sus alumnos y compañeros destacan que cuando subía al altar, ¡se transformaba! seguramente veían en él a Cristo, ese es el llamado del sacerdocio, la plena identificación con Jesucristo. Y lo sintió tanto, de tal forma, que adquirió fama de orador no por un simple ejercicio de retórica sino porque cuando hablaba, no lo hacía desde su intelecto sino desde su alma, desde su corazón, desde lo más profundo de su ser en donde Cristo estaba y brotaba a flor de piel.

Cuando estaba ejerciendo su noble labor, en su hogar, en el Instituto de Misiones Extranjeras de Yarumal, lo llamaron para que sirviera a la Iglesia Universal en la recién erigido Vicariato Apostólico de Arauca, a los 54 años como su primer obispo residencial. Allí se desempeñó no sólo como prelado sino como misionero, ¡nunca dejó de serlo! y tanta fue su entrega que lo hizo hasta la muerte, veamos la historia:

En Fortúl ya había un gravísimo antecedente de violencia: el párroco, Padre Raúl Cuervo, había sido asesinado en su propia casa el 25 de octubre de 1985. Ese crimen nunca se aclaró, dormía en la pesadilla de la impunidad. Acusaciones mutuas del ELN y la policía, pero ninguna luz que despejara las dudas y el carácter impune. En memorable homilía, tras el asesinato del párroco, Mons. Jaramillo dijo: “El Sarare está lleno de sangre, no hay lugar que no esté lleno de luto. Sólo hacía falta la sangre de un sacerdote para que la copa se llenara. Pero si hace falta más sangre, aquí está mi clero con su Obispo a la cabeza” (Octubre 22, 1985).

Monseñor Jaramillo anunció, a fines de septiembre de 1989, visita pastoral a Fortúl, el obispo inició su viaje acompañado por el Padre Helmer Muñoz.

“Como a las tres y media de la tarde del domingo, al cruzar un puente de madera sobre Caño Caranal, tres hombres fuertemente armados interceptaron a la comitiva episcopal. Hicieron detener el carro. Preguntaron: ¿Quién es Jesús Emilio Jaramillo?

Monseñor respondió: Soy yo, a sus órdenes.

Y le dijeron: Queda secuestrado.

Los sacerdotes acompañantes trataron de intervenir. Manifestaron que él era el Obispo y preguntaron para qué lo necesitaban.

La respuesta fue: “Pertenecemos al Ejército de Liberación Nacional y necesitamos a Jesús Emilio Jaramillo; es el que tiene mucha influencia y necesitamos que lleve un comunicado que tenemos para el gobierno, para el señor Intendente”; agregaron al secuestro a dos sacerdotes que sabían conducir vehículos.

Los guerrilleros ordenaron a otros miembros del equipo:” Ustedes se quedan aquí. Por aquí pasan muchos carros, digan que nosotros secuestramos a sus compañeros y que en dos horas los regresamos”. A la ingenua pregunta del Padre Helmer que conducía el vehículo  sobre si los guerrilleros creían en Dios, uno de  ellos respondió: “Mi dios es esto que tengo en mis manos (el fusil)”.[1]

Para resumir, el Obispo fue llevado por los guerrilleros, advirtiéndole al padre Helmer que fuera hasta La Esmeralda y regresara luego. Aquel 3 de octubre el Padre Helmer encontró el cuerpo sin vida de Monseñor Jesús Emilio Jaramillo Monsalve MXY, arrojado en el suelo, en posición boca arriba con los brazos extendidos en cruz. El acta de defunción anota como hora de la muerte, las siete de la noche, del dos de octubre. Trascribo los datos del examen de la necropsia:

“Heridas por proyectil de fuego en piel y faneras, estallido de ojo derecho, fractura de dientes en la mandíbula inferior derecha, orificio en el tórax, fractura tercio superior húmero derecho y metacarpianos derechos por proyectil de arma de fuego. Fractura de cráneo: fractura conminuta de hueso frontal, parietal y temporal izquierdos, occipital, fosa anterior y medio de cráneo; laceración cerebral masiva de lóbulo izquierdo de tallo cerebral. Fractura de 5 vertebras de la columna vertebral y 7 costillas. Laceración masiva del pulmón derecho y ápice del pulmón izquierdo. Arterioesclerosis, degeneración hepática.”[2]

No traigo a colación esto por amarillismo, sino para evidenciar la brutalidad de sus malvados justicieros. Según los informes recogidos, el “juicio” del E.L.N. en el cual se condenó a muerte a Monseñor Jaramillo había ocurrido seis meses antes. Según otros informes, la condena al Obispo la hizo el grupo guerrillero debido a que, por las intervenciones Pro Paz del Obispo, esa guerrillera se estaba relegando en importancia entre las comunidades. Los guerrilleros emplearon la estrategia de la difamación y la calumnia contra el prelado.

Tumba de Mons. Jaramillo en Arauca

Pero… en verdad ¿por qué lo asesinaron?, ¿si fue martirio?

No haré citaciones para no cansar al lector. El argumento es el siguiente: de un dinero del que estaba encargado Monseñor Jaramillo para los indígenas UWA se perdió una gran suma, millones para ser exactos, y obviamente le acomodaron ese delito a quien tenía la responsabilidad y el pago por él fue la muerte…

Pero “la verdad prevalecerá”, aquí está: en una carta manuscrita, a la que tuve acceso, del padre Abraham Builes Laverde MXY —su paisano, compañero y confesor— a  los investigadores de la causa de canonización de Mons. Jesús Emilio, el venerable anciano contó lo ocurrido: el secretario (no digo su nombre por las implicaciones que puede traer ello) del prelado fue quien robó esa gran suma de dinero, él mismo lo acepta en una carta al padre Rubén Salazar—hoy cardenal primado de Colombia—reconociendo su delito y proponiendo una forma de pago para que no lo enviaran a la cárcel.

Y la actitud de Mons. Jaramillo fue en todo sentido heroica, éste dijo al padre Builes: “en quien tenía toda mi confianza, me robó la platica de los indígenas, pero si lo denuncio lo mata la guerrilla”, es decir, que por proteger a su infiel secretario, quedó como ladrón ante los ojos de la guerrilla, los indígenas, el pueblo, la diócesis, Colombia toda. Pero él entendió que su imagen no era tan importante como la vida de un hijo de Dios

Es muy similar a lo que hizo san Maximiliano María Kolbe: “A la mañana siguiente, Gajowniczek fue uno de los diez elegidos por el coronel de las SS (nazismo) Karl Fritzsch para ser ajusticiados en represalia por el escapado. Cuando Franciszek salió de su fila, después de haber sido señalado por el coronel, musitó estas palabras: «Pobre esposa mía; pobres hijos míos». El padre Maximiliano estaba cerca y lo oyó. Enseguida, dio un paso adelante y le dijo al coronel: «Soy un sacerdote católico polaco, estoy ya viejo. Querría ocupar el puesto de ese hombre que tiene esposa e hijos». El oficial nazi, aunque irritado, finalmente aceptó su ofrecimiento y Maximiliano Kolbe, que tenía entonces 47 años, fue puesto, junto con otros nueve prisioneros, en ayuno obligado para que muriera. Los diez condenados fueron recluidos en una celda subterránea el 31 de julio de 1941.

Pero como —tras padecer tres semanas de hambre extrema— el 14 de agosto de 1941 aún sobrevivía junto a otros tres condenados y los oficiales a cargo del campo querían dar otro destino a la celda, Kolbe y sus tres compañeros de celda fueron asesinados administrándoles una inyección de fenol. Los cuerpos fueron incinerados en el crematorio del campo. Incluso en prisión y también en la celda de hambre, celebró, mientras pudo, todos los días la Santa Misa, distribuyendo la Comunión a otros prisioneros”[3]

Además de similar es evocador, pues antes de separarse Mons. Jaramillo del padre Helmer le pidió que lo confesara y lo absolviera.

Jesús Emilio Jaramillo Monsalve no sólo es mártir por haberse sacrificado por quien lo había traicionado, sino porque se entregó de tal forma a su pueblo, a su Instituto, a su Diócesis, ¡a Cristo! Que se olvidó de sí, cargando su cruz y entregándose a sus hermanos en un celo ardiente hasta el sacrificio.

Esteban Cañola Quiceno mxy

[1] Datos tomados de la página oficial de la diócesis de Arauca http://www.diocesisdearauca.org/?id=216

[2] Examen de necropsia, seccional de patología forense de Arauca, protocolo 044

[3] http://es.wikipedia.org/wiki/Maximiliano_Kolbe