SEMBLANZA DE MONS. JESÚS EMILIO JARAMILLO MONSALVE

EL HOGAR

La colonización antioqueña tuvo los mismos rasgos de heroísmo y arrojo del descubrimiento y la conquista. No se explican de otro modo las inconcebibles fundaciones de los primeros poblados en los riscos más empinados de este territorio de leyenda que es Antioquia. uno de esos pueblos fue santo Domingo, al nordeste del territorio.

Es notable que muchos asentamientos llevaran y conserven el nombre de los santos fundadores y patriarcas de la espiritualidad europea: los Franciscanos, Dominicos y Agustinos fueron los primeros evangelizadores de América y dedicaron las primeras comunidades cristianas a sus ilustres fundadores; por ello, este humilde cas erío se llama santo Domingo, que con el tiempo se hizo célebre por los hijos ilustres que produjo y, particularmente, por el notable número de sacerdotes y religiosos que ofrecieron sus familias cristianísimas al señor; así  llegó a merecer el título de “ciudad levítica” con otros pueblos antioqueños. Y uno de esos ilustres hijos fue Jesús Emilio Jaramillo Monsalve; surgió de una sencilla familia formada en el santo temor de Dios y en la paz de una piedad sincera, simple y ejemplar.

Fueron sus padres don Alberto Jaramillo y doña Cecilia Monsalve, quienes engendraron dos hijos: Jesús Emilio que nació el 16 de febrero de 1916 y María Rosa. Todos ellos llevaron la monótona y sencilla vida pueblerina, El padre artesano y la madre ejemplar ama de casa, iluminaron con su bondad la penuria de su hogar cristiano, que nunca alardeó de nada ni desesperó de su pobreza. Enviaron sus hijos a la escuela del pueblo y tuvieron el gozo de verse pagados cuando el hijo mayor decidió irse al seminario, cumplidos ya los 12 años de edad, en l928.

Una religiosa veneración guardó Jesús Emilio por sus padres, de quienes seguramente heredó las virtudes más apreciadas que practicó el resto de su vida: la sencillez, la humildad, el íntimo e intenso amor a Dios y la oración profunda. Con el más puro afecto, en la liturgia de su consagración episcopal, evocó su sagrada memoria en una emocionante oración: “te pido por mis padres en la carne, mi episcopado es una flor morada que acaba de germinar sobre su tumba, alimentada por el abono de sus santas cenizas”  [1]

(Sentados) Mons. Jesús E. Jaramillo, primero de izquierda a derecha

EL LLAMADO

En febrero de 7929 ya conocía Jesús Emilio la reciente fundación del primer Seminario para las Misiones Extranjeras que fundó en Yarumal, otro risco antioqueño, el joven Obispo Miguel Ángel quien después llegó a ser llamado el Obispo mide Colombia.

Tuvo noticia de esta extraordinaria novedad religiosa por el Padre Juan J. Arroyave en 1928. El Padre Arroyave fue uno de los primeros sacerdotes diocesanos que ayudó a Mons. Builes en la instalación y el primer desarrollo del Seminario; un hombre de Dios, en€ en pocos años dejó entre los sacerdotes y seminaristas la más cálida impresión de bondad y de ejemplar vida sacerdotal.

Esa noticia y ese mensajero fueron para Jesús Emilio el llamado profético como el del pequeño Samuel. De una vez por todas definió que atendería el llamado al sacerdocio misionero mientras el mismo Señor que lo llamaba, no le indicara, con igual claridad, que su divina voluntad era otra. Es impactante su declaración al solicitar su aceptación en el Instituto después de su noviciado:

“Quiero cumplir fielmente, confiado en las Tres Divinas Personas que inspiraron mi deseo, las promesas de esta Pía Unión. Declaro ser mi determinación firme, estudiada a las luces de la fe y de la razón. Pero, como deseo hacer la voluntad de Dios, seguiré otro estado si, en el futuro, su Divina Majestad se sirve mostrarme otro camino”. [2]

En febrero de 7929 inicia su Seminario Menor, al cumplir los 13 años de edad. La vida sencilla del comienzo del Seminario de Misiones se desarrolla en la pobreza y en la oración intensa, animada con el entusiasmo por el lejano ideal misionero y el ejemplo y fervor del Fundador; era entonces un grupo pequeño de unos 70 niños y 5 sacerdotes.

Y desde este primer año comienza también una serie de coincidencias providenciales que se repiten a lo largo de su vida. Precisamente ese mismo año de 7929 el Obispo Fundador llamó a colaborarle e n la formación humanística y sobre todo espiritual, al Padre Miguel Ángel Gallego, maestro y sacerdote, quien se apresuró a manifestar su entusiasta aceptación con el siguiente telegrama:

“Campamento 7 de abril de 7929. Señor Obispo, Santa Roso Osos. Gustosísimo empiezo mayo Seminario Misiones. Así alcanzo mi más bello ideal: maestro sacerdote. Páguele Dios impagable beneficio. Miguel Ángel Gallego”. [3]

El Padre Miguel Ángel dejó profunda huella, sobre todo en sus novicios, durante los 15 años que estuvo en el Seminario, hasta el día de su muerte. Hombre de acertada sicología, profundo conocimiento de la persona, exquisita espiritualidad, descubrió desde el primer día en las cualidades del seminarista Jaramillo todos los valores que fueron brillando con modesta expresión.

El nuevo alumno se distinguió por su dedicación al estudio y a la oración y por su responsabilidad en los deberes. Hombre de pocas palabras, pero de picante y fina ironía, fruto de su capacidad de análisis y nunca con intención de fastidiar, dotado de una fina y hermosa voz y algún arte musical, deportista y laborioso, dones que cultivó en adelante toda su vida.

No exageramos al declarar que destacó entre sus compañeros siempre por lo profundo de sus reflexiones; era lector empedernido de los mejores autores que analizaba agudamente.

Los artículos que entonces escribía por sus deberes de estudiante , parecen de una persona mucho más avanzada en el buen decir. De allí que fuera el pequeño orador en las faenas literarias estudiantiles, con lucidez y deliciosa sencillez. Ya empezó a mostrar e[ amor entrañable por la inmensa obra misionera que era el Seminario de Misiones, uno de sus grandes amores y al que se consagró sin condiciones. Por ello alcanzó, sin buscarlo, ser una de las más puras glorias en la historia del Instituto Misionero.

En los aciagos días del primer decenio de existencia del Seminario de Misiones de Yarumal, lo único que no escaseaba eran las necesidades y Ia penuria. En ese crisol purificador que encendía la humildad, la pobreza, el trabajo y el ideal inflamado, se formaron estos primeros misioneros; trabajo, oración y amor integrado el ideal lejano en el tiempo, pero ya vivido en el alma.

 

Los seminaristas eran los obreros y artesanos: ¿qué más se iba a hacer? Y et seminarista Jaramillo, con su menuda humanidad y su caminar siempre acelerado, iba y venía alegre entre todos, en esas jornadas laborales, como el mejor obrero; sin demostración de flojera ni desánimo, construía su casa, la casa de su ideal, movido por el Señor: “Si el Señor no construye la casa, en vano se fatigan los obreros”. [4]

Eran los años maravillosos del nacimiento del Seminario de Yarumal. Y ese ambiente rural donde se aspiraba el olor del campo y se contemplaban los espléndidos horizontes montañeros, saturó sin duda el alma de este hombre, de verdad predestinado, siempre fiel a los dones de Dios que tuvo la fortuna y Ia gracia sobrenatural de comprender, cultivar y asimilar en su alma simple: parece que fue grande desde pequeño.

Su mejor descanso fue sin duda la oración y la profunda reflexión en la lectura de los mejores autores cristianos, eclesiásticos y profanos. Nunca abandonó esta virtud descollante: siempre estaba una oración en su boca, una alabanza en su alma, un rosario en su mano y un libro ante sus ojos, del cual hacía destilar lo mejor cada vez que enseñaba.

[1] Alocución en el día de la ordenación episcopal

[2] Jesús Emilio Jaramillo

[3] Archivo Imey

[4] Salmo 126, 1

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