SEMBLANZA 6: SU EPISCOPADO

EI 8 de enero de 1970 había fallecido el primer prelado javeriano, Monseñor Luis Eduardo García, entonces Prefecto Apostólico de Arauca. La Santa Sede elevó la Prefectura al rango de Vicariato Apostólico. Como primer Vicario, el Papa Pablo VI eligió al Padre Jaramillo el 11 de noviembre de 1970, quien fue ordenado Obispo el 10 de enero de 1971 por el Nuncio Apostólico Monseñor Angelo Palmas, acompañado por los Obispos Aníbal Muñoz, Gustavo Posada, Gerardo Valencia y Joaquín García en la capilla del colegio La Inmaculada de las Religiosas Terciarias Capuchinas, comunidad muy unida a los Misioneros de Yarumal desde el primer día de nuestra fundación.

Mons. Jesús Emilio Jaramillo M. mxy

Su incorporación al Colegio Episcopal y la plenitud del sacerdocio, asumido desde su profunda espiritualidad sacerdotal, su fidelidad irreductible a la Santa Iglesia y el conocimiento teológico que lo distinguió, le inspiró una de sus mejores piezas oratorias y místicas.

“Sé que el Episcopado es un llamamiento divino, el último quizás, impetuoso e irresistible, a mí conversión, la cual transformará, como lo espero, hasta los  yacimientos de mi inconsciente, para crear el hombre de Dios que he suspirada ser, sin alcanzarlo, desde el estreno de mi mocedad ya lejana… En el báculo veo un retoño de la cruz y un signo escatológico para caminar delante de los fieles hasta golpear con su extremidad los puertas del corazón de Dios, cuando la noche definitiva cierre los caminos del peregrinar… Concédeme, Señor, el don inmerecido de no defraudar las esperanzas de tantos que confían en la poquedad de mis fuerzas, las cuales, como lo espero, pueden volverse irresistibles como la honda de David sostenido por la potencia avasalladora de tu Gracia”.[1]

Quince días después entraba en Arauca para posesionarse de su grey. También allí su voz vibrante anunció en su entrega, de corazón y mirada abiertos, la llegada de un nuevo servidor, sin condiciones, sin limitaciones como el confín de la llanura, hermano de sus hermanos.

En su escudo episcopal ostentaba todos los signos de su misión: la redención de los cautivos del pecado, el espacio para su mensaje salvífico y el grito supremo de la esperanza: “Mirad que llega el Señor”. [2] El servicio pastoral que a Monseñor Jaramillo le señaló el Santo Padre, además de ser Obispo de la Iglesia universal, debería prestarlo en el territorio de los Llanos Orientales y en la selva del Sarare, incluidos en la circunscripción del ahora Vicariato Apostólico de Arauca: dos sectores social, geográfica y pastoralmente muy diferentes, que exige cada uno conducción específica. Y esto lo comprendió muy bien el nuevo Prelado por sus conocimientos de antiguo Superior General.

En el Llano Colombiano vive una comunidad activa, evangelizada, de precaria asistencia espiritual dadas las distancias en esa llanura ilimitada y con pocos centros urbanos. A la evangelización se procedía por largas correrías misionales desde Arauca, la capital eclesiástica y civil.

En la región del Sarare, sector casi inexpugnable de la selva colombiana, llevan su vida primitiva los indios Tunebos, dispersos en varias familias o tribus, con su dialecto peculiar y su rechazo atávico, como ningún otro, a la irrupción y más a la comunicación con los colonizadores: “el blanco”, como dicen, es un ser vitando para su cultura. Y aún hoy los grupos más auténticos quieren vivir en paz, aislados en su propio territorio que exigen ser inviolable.

La sección del Llano fue evangelizada por los misioneros anteriores desde la colonización española. También allí hay grupos indígenas en las estribaciones de la cordillera oriental.

La evangelización del Sarare se inició con más brío en la primera década del siglo XX con la llegada del benemérito eudista francés padre Enrique Rochereau y las religiosas de la Madre Laura, quienes penetraron hasta lo más lejano de la Tunebia.

Para continuar ese trabajo apostólico fueron llamados los Misioneros de Yarumal en 1949 y a él se han dedicado hasta hoy.

En 1956 la Congregación de Propaganda Fide fundió en una sola prefectura apostólica estas dos regiones y las encomendó a los Misioneros de Yarumal con Monseñor Luis Eduardo García al frente, al retirarse los padres vicentinos de su servicio pastoral, muy meritorio, en los Llanos Orientales.

Ahora, ya elevado el mismo territorio al rango de Vicariato Apostólico, lo recibe Monseñor Jaramillo con iluminada conciencia y edificadora entrega, como cualquiera puede entenderlo al leer la alocución del día de su ordenación episcopal, donde describe su perfil de Obispo y su entrega de evangelizador.

Sería prolijo describir las situaciones sociales y culturales que se fueron presentando y que crearon serias dificultades a la labor evangelizadora. Ante ellas Monseñor Jaramillo, garante como se había hecho del espíritu apostólico de su inmediato antecesor, comenzó por reforzar su equipo de trabajo en el cual fue siempre el pionero y el ejemplo de constancia, entereza y decisión: siempre quiso ser, y lo fue, uno más entre los misioneros, lejos, muy lejos de querer ser más obispo que hermano.

A los misioneros y a las obras que encontró, pudo agregar, para cubrir necesidades graves de asistencia y evangelización. los Hermanos Hospitalarios de San Juan de Dios, Religiosas Salesianas, Carmelitas Misioneras, Hermanas del Buen Pastor. Hermanas de María Mediadora y Hermanas Siervas de la Iglesia. A su llegada ya trabajaban en Arauca los Misioneros de Yarumal, los sacerdotes diocesanos en número considerable, las Religiosas Vicentinas y las Hijas de nuestra Señora de las Misericordias, además de un buen número de maestros dependientes de la Educación Contratada que dirige la Iglesia. Hizo los ajustes en sus cuadros apostólicos y emprendió con entusiasmo su proyecto pastoral, en el cual nunca cejó.

No fueron fáciles esos años. Volvía la violencia, dura experiencia soportada por los araucanos, y ahora con particular pujanza, disfrazada de patriotismo y de exigencias de progreso. Comenzó el poder de los rebeldes alzados en armas, convertidos en amos y señores, dueños de vidas y haciendas. Se vio patente la impotencia del estado y la intransigencia de sus contrarios.

Papa Juan Pablo II y Mons. Jesús Emilio Jaramillo M. mxy

Aún hoy son tiempos muy difíciles como consecuencia de la colonización incontrolada, de los nuevos elementos contestatarios, de la proliferación de las sectas y la aparición de los grupos subversivos con su guerra abierta a la intervención extranjera en las políticas económicas del país, lo que desembocó en la guerrilla más cruel y radical de toda la historia colombiana.

No lo fueron menos las actitudes contestatarias aún entre el clero, a partir del Vaticano II: el desbordado apetito de reformas sociales cuyos principales objetivos fueron el rechazo a la organización jerárquica de la Iglesia y a sus mismos Obispos. Se intensificó el criterio socialista y comunista. Aparecieron los sacerdotes guerrilleros en un afán común de sacar al país de un caos por medios violentos. Tales grupos siempre han estado parapetados en las regiones marginales selváticas y más subdesarrolladas del territorio patrio, con avanzadas de inteligencia secreta infiltradas en la sociedad urbana.

No fue menos evidente la descristianización que entonces se inició y que cada vez sufre más Colombia en todos sus niveles sociales.

Para la lúcida inteligencia de Monseñor Jaramillo, todo ese panorama socio-espiritual estuvo muy claro y fue la razón de sus proyectos apostólicos: proteger la vida y la dignidad de la persona que en sus fieles vio perseguida y violada inmisericordemente. Del obispo, al que se le tildaba de tímido, se desencadenó su verbo profético hasta ofrecer su propia sangre y la de su clero, si ello fuere necesario. Durante 18 años lo enfrentó todo con valor, con dignidad, cercano siempre a su rebaño y también a sus enemigos, que se declararon tales por la posición clara y vertical de Padre y Obispo que denunció la injusticia, que defendió a los suyos ante los grupos subversivos que€, aún hoy, controlan totalmente la vida ciudadana de la región, haciendo apología de su posición anti eclesial, particularmente contra la jerarquía católica declarada por ellos, burguesa, imperialista y enemiga de los pobres y de los débiles y exaltando la iglesia del pueblo.

Es necesario reconocer que estas realidades de revolución política y de receso espiritual y religioso del que en parte son causa aquellas, son el principal escollo para la evangelización por la mentalización permanente y por el temor que infunden los métodos bárbaros de su inclemencia y de su justicia guerrillera.

La Iglesia de Arauca se hizo presente en los nuevos campos de acción que aparecían por la colonización, sobre todo en la zona del Sarare y con la explotación de los yacimientos petrolíferos.

Era apenas lógico que un obispo con los criterios teológicos y la espiritualidad sacerdotal como los de monseñor Jaramillo, constituyera como prioridad indiscutible de sus deberes la atención a su clero y el fomento de las vocaciones sacerdotales, elementos indispensables para la evangelización y para la plena realización del sacerdote. Un Obispo tan cercano a su clero que la gente no acostumbrada a verlo no lo distinguía de los demás; su absoluta indiferencia ante títulos y alamares y su única preocupación por la misión pastoral, lo hicieron sencillo y fraternal.

A la atención espiritual para alcanzar una inconfundible identidad sacerdotal, juntó la preocupación por la formación permanente: su estructura espiritual no concebía un sacerdocio ignorante o superficialmente preparado ante la urgente necesidad de una clara y conveniente transmisión del mensaje. Sin dejar de lado el bienestar personal, la asistencia social y lo que exigiera la dignidad sacerdotal.

El afán y cariño por sus seminaristas, expresados en la permanente atención y seguimiento, fue siempre igual desde su experiencia de formador en Yarumal y de ello dan fe los rectores del seminario.

En las siguientes muestras de su actividad pastoral, podemos adivinar todo lo interesante y promisorio de su servicio episcopal:

Ante todo un plan de pastoral muy estudiado 9 participado que da lineamientos básicos para muchos años en tales y tantas circunstancias.

La escuela de líderes de La Esmeralda, importantísima estrategia para quien habla dirigido el Consejo de Laicos de la Conferencia Episcopal, que posteriormente sirve para sede de los Hogares Juveniles Campesinos de Monseñor Iván Cadavid, bien conocido en Colombia. La obra social de asistencia, consejería y defensa de sus fieles y además el imponente hospital Ricardo Pampurri en La Esmeralda.

Desde el comienzo de su servicio en Arauca, trabajó y realizó el llamado “Equipo del Indio”, organización pastoral especializada en la evangelización de los indígenas del Sarare y de la Sabana, en la zona occidental de su territorio por el pie de monte y toda la Tunebia, con centro en Tame y Saravena, sin abandonar el antiguo Internado de El Chuscal, epicentro de la convivencia de Monseñor Luis Eduardo García con los Tunebos, donde reposa su cuerpo como testimonio de su consagración a esa etnia. Allí Monseñor Jaramillo le erigió un monumento que lo declara grano de trigo sembrado y fecundo para evangelización del Vicariato.

Seguramente que la pastoral por la paz y la vida absorbió los más importantes momentos de su vida en los últimos años, dada la problemática política de Arauca también estaba su puesto y su pueblo y el no renunció a esta interpelación de Dios y de su grey. Allí  estuvo en todas partes, en todas las veredas, en cualquier tiempo y en cualquier circunstancia, a ciencia y conciencia de lo que pudiera ocurrirle.

Fue una acción sin descanso. Grupos apostólicos del interior del país apoyaron muchas veces este servicio pastoral. Trabajo humilde, silencioso, producto de una fe sencilla y en la visión de la esperanza cristiana. es el común denominador de esta Iglesia que peregrina en Arauca.

Es innegable que todo el sentido de su vida y de su misión episcopal se concentró en el amor a Dios Trinidad, a la Persona adorable de Nuestro Señor Jesucristo, Salvador; en el entrañable amor filial a la Inmaculada y en un extraordinario amor a la Iglesia en la cual él, como Obispo, es testigo y maestro. De su mentor espiritual, el Cardenal Aníbal Muñoz Duque, aprendió ese amor que consignó en sus notas espirituales: “Un amor profundo a la Iglesia hasta que desaparezca de mis intenciones cualquier otra finalidad”. Otros quehaceres administrativos los delegó, pero nunca su responsabilidad personal de estar el lado del que 1o necesitaba. Como siempre obró de buena fe y confiado en la Providencia, no temió ni siquiera lo que pudieran otros llamar fracaso.

Enfrentado a la más atroz violencia que ha vivido América, él no se arredró: salió a la palestra en defensa de los derechos humanos, del respeto por la persona, de la defensa de la vida, de la dignidad y del derecho de la Iglesia, Madre y Maestra, y del imperio de la verdad. Sus últimas declaraciones suenan a trenos de Jeremías: conjugó sus angustias con lágrimas de viudas y huérfanos: mojó sus manos en la sangre de su sacerdote y de sus hermanos masacrados; no le permitió su sagrado compromiso de pastor quedarse en casa, cuando en el campo habla asechanzas. Seguramente por ese talante de hombre convencido y servicial, su pueblo lo quiso y lo admiró. Su recuerdo para el pueblo fiel, es tan luminoso como lo fue para sus alumnos y misioneros de Yarumal.

Dar la vida por los suyos llegó a ser ahora el ofrecimiento espontáneo de su episcopado, y por ello, el día de su detención para matarlo, pudo decir a sus verdugos: “Si me necesitan a mí, déjenlos ir o ellos” (los sacerdotes y laicos que lo acompañaron en su último recorrido).

Monseñor Jaramillo lo comprendió todo pero fue simplemente humilde: sus cualidades nunca las tomó sino como un don inmerecido de Dios del que era imposible vanagloriarse, nunca le inquietaron las alabanzas ni los vituperios. Para algunos “bien dotados”, fue un personaje mediocre porque no asumió otros menesteres que delegó; otros, no le perdonaron sus errores humanos y otros tampoco le perdonaron su grandeza.

Cultivó sus gustos artísticos y se deleitó con la lectura de los mejores autores. Se impacientó con lo que creyó perverso y perdonó a quienes lo hubieran ofendido. No era un ángel, era un hombre que tenía un solo proyecto de vida: ser un hombre de Dios: “Homo Dei”, como el profeta Elías.

Él fue desde el principio al fin simple como era su persona física, sin inquietudes narcisistas y sin resentimientos vulgares. Se diría que fue una vida impulsada y orientada por el único convencimiento de ser de Dios y para Dios, pero con todas las connotaciones humanas sin las cuales su identidad se desvanecería: fue alegre y sentimental, quiso a su familia y a sus hermanos del Instituto con el cariño de los hombres grandes, sufrió y lloró sobre sus padres y benefactores, reconoció sus errores y sus pecados y se alegró con la divna misericordia del perdón.

Mucho, y para muchos años, deja Monseñor Jaramillo a su grey. Y desde su sepulcro, allí como un ex voto, al pie del Sagrario de sus largas horas de contemplación, bendice e impulsa la proclamación de su grito de combate: “Mirad que llega el Señor”. Zc 14, 5

Y finalmente la muerte será siempre consecuencia de la vida. La vida de Monseñor Jaramillo se radicalizó en la defensa de la persona y en ser testigo de la verdad sin contemplaciones.

[1] Alocución en el día de su Ordenación Episcopal. Enero 10. 1977

[2] Zac 14,5

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