SEMBLANZA 4: SU MINISTERIO

Después de unas semanas pasadas con su familia, el Padre Jaramillo es enviado por los Superiores a sus primeras experiencias pastorales: fue en Sabanalarga, Diócesis de Barranquilla. Aquí inició su servicio pastoral bajo la gula del Padre Heriberto Correa, su gran amigo desde niño, ordenado el año anterior y ya párroco en aquella región caldeada y de ruda ignorancia religiosa.

Y de verdad que tomó a pechos su servicio evangelizador que fue, además, importante escuela de sus primeros pinitos pastorales. Allí vio personalmente la diversidad de los criterios aún entre los que eran distinguidos como gentes que todavía se dicen cristianos.

El 19 de septiembre de 1940, tres semanas después de ordenado, escribía a su Rector, Padre Aníbal Muñoz Duque:

“Creo que ahora es más capaz mi espíritu de apreciar la grandeza de mi vocación misionera, me siento tan Cristo; siento en mis entrañas cómo nace en ellas el amor enorme por mis ovejas. Por fin mi óleo amasará los trigos de Dios”.

Mons. Jesús Emilio Jaramillo M. mxy

Y poco tiempo después le escribe:

“Fui su hijo espiritual, ¿lo recuerda? Su Reverencia conoce mi alma: no me la deje solo por aquí, sino dígnese alimentarla con los consejos de otros tiempos. La brega de las almas va modelando en uno las facciones de un hombre consciente de grandes responsabilidades. El sacerdocio requiere capacidad enorme para surgir, una entrega de ánimo descomunal, un corazón de fiera, una independencia santa de carácter, un despego de todo, etc… La gracia de Dios da fuerza para llevar con fruto la enorme grandeza que se oculta en el alma de un ungido. Ser grande duele mucho, pero hay que saberse mantener en las alturas a que subimos por mano ajena: la mano de Dios… Por aquí se palpan los misterios de los terribles desórdenes del pecado, de Ia tenacidad del amor de Dios que persiste amando o los que sólo preocupa la carne

Este primer fogueo misionero duró sólo cuatro meses. Ya para l941 los superiores lo designaron Profesor del seminario, oficio que desempeñaba con mucha competencia; con un entusiasmo contagioso dictaba su cátedra, espacio, el mejor, para comunicar todos sus gustos académicos.

Además de la docencia, cuyo ejercicio lo reveló como un catedrático de talla, demostró sus aptitudes de consejero y director espiritual, don con que también lo enriqueció el Señor.

Parte muy importante de su ministerio pastoral lo constituye su servicio de Capellán de la Cárcel de Mujeres de Bogotá, barrio de Las Aguas.

Su actividad catequística y de consejero espiritual entre las reclusas, le hicieron penetrar en el misterioso ambiente del pecado y de la misericordia y convertirlo en un auténtico Pastor, sin temor de amar mucho a sus ovejas. Dios le concedió allí inmensas satisfacciones espirituales y grandes experiencias pastorales.

Leer apartes de su correspondencia con sus superiores de la época durante sus estudios de especialización en la Universidad Javeriana, nos hace comprender el gozo con que descubre cada día el sentido de su sacerdocio, que expresa con la ingenuidad propia de su alma.

“En esta capellanía, escribe al Rector del Seminario, tengo un inmenso campo de apostolado: imagine que e trata de las mujeres más degradadas de la sociedad: hay muchas sifilíticas aun siendo muy niñas. Parece que me quieren mucho, que mis catecismos les son un consuelo. Yo las quiero con todo el corazón y le pido o su reverencia oraciones especiales por ellas”

Y a Monseñor Builes le dice:

“Cada semana les doy catecismo y están en la dicha. Dizque han dicho que desean volver a la cárcel después de su libertad. ¡Pobrecitas! Seo lo quesea yo las quiero mucho y con la ayuda de Dios les haré mucho bien”.

Y en la Semana Santa de 1942 escribe:

“Esta Semana Santo estuvimos muy ocupados sus misioneros. Creo que Dios hizo mucho bien por mi medio a las prisioneras de Las Aguas, y lo digo sin ningún orgullo, sería irracional. Comprendo que yo nada valgo, que lo que hice lo pudo hacer otro con más eficacia, pero sé que Dios pone a cualquiera en determinadas circunstancias que lo obligan a obrar de determinada manera según los planes eternos. Tanta fue la eficacia que se, confesaron casi todas: ellas dieron signos externos de conversión: lloraban, hacían promesas. ¿Cumplirán? Dios lo sabe, según los misterios espantosos de su predestinación. Yo na me hago ilusiones: por mi propia y dolorosa experiencia conozco el corazón humano. Sin embargo me hago este cargo: todos los hombres tienen que tender a Dios en cada instante de la vida. Esos pobrecitas han sido de Dios algunos instantes por lo menos y así el dominio de Dios ha sido reconocido, siquiera transitoriamente. Creo que también por evitar un solo pecado mortal estaría pagado suficientemente mi ministerio. ¿Seré muy resignado?” [1]

Organizó en la cárcel la Cruzada Eucarística y la Congregación de Hijas de María, por grupos: cada uno tiene por nombre un misterio de María. En las fiestas de la Santísima Virgen, ellas hacen guardia de honor en la capilla y la honran con el rosario continuo durante todo el día.

Fue muy notable su ministerio como predicador de retiros espirituales a sacerdotes y a laicos. Fueron muy famosos sus Sermones en las grandes solemnidades litúrgicas y en Semana Santa, hasta colocarse entre los mejores oradores sagrados del País. Y no lo fue menos la consejería y la dirección espiritual a religiosas y seminaristas con su sencillez característica.

Utilizó ese especial don de consejo con que Dios 1o enriqueció a favor de sus  hermanos. Y este ministerio lo ejerció hasta su muerte, además de las orientaciones pastorales propias de su responsabilidad episcopal.

Al recordar el desempeño del ministerio sacerdotal y misionero de monseñor Jaramillo, no se puede pasar por alto su insistencia en solicitar que se le enviara a una misión, a una simple parroquia para allí dedicarse al trabajo pastoral.

Dejadas sus responsabilidades en los altos cargos del Instituto, después del Capítulo de 1966, es constante la manifestación de ese deseo a los superiores, asegurándoles que no debían tener reparos en disponer de su persona para cualquier servicio, por el hecho de haber ocupado tantos años puestos de mando. La correspondencia del período comprendido entre 1967 a 1970, es ejemplarizante: vaya una muestra:

A nuevo Superior General, su sucesor, le escribe en carta fechada el 19 de julio de 1969:

“Reverendísimo Padre, no quiero ser yo una molestia para su gobierno, sobre todo en las circunstancias actuales. Mi deber es servirlo. Con todo, con el mayor acatamiento y una total sinceridad, le suplico disponer de mi persona únicamente para cargos de poca importancia… Para mí sería una bendición de Dios un puesto de cooperador en cualquier parte. Esto no implicaría para mí ningún sacrificio”. [2]

EL MAESTRO

En el año de 1942 y hasta 1944, frecuentó la Pontificia Universidad Javeriana de Bogotá para optar por e[ Doctorado en Teología Dogmática. Su Tesis, laureada con la máxima calificación, que tituló “La Libertad de Nuestro Señor Jesucristo según Santo Tomás” mereció el siguiente elogio del jurado calificador:

“Terminado el tiempo de la sustentación, los examinadores propusieron los temas para controvertir con cuya defensa dio pruebas del notable conocimiento de esta ciencia y le adjudicaron la nota diez (10) o Summo cum laude”.

Leer la Tesis Doctoral de Monseñor Jaramillo es volver a saborear el estilo único de la Suma Teológica: allí aplica el sistema tomista de pruebas y contrapruebas y se encuentra la estrecha urdimbre de todos los argumentos del principio al fin de su tesis. Es ella la prueba maestra de cómo asumió su espíritu investigador, pero sobre todo, su fe y amor a Jesucristo en su misterio salvífico, la espiritualidad del Aquinate.

En 1945 se incorpora de nuevo como Profesor en el Seminario Mayor de los Misioneros de Yarumal. Sus cátedras son: Dogma, Sagrada Escritura, griego y hebreo. Quienes tuvimos la fortuna de ser sus discípulos no dudamos en calificarlo como profesor estrella por la claridad de su pensamiento, por la profundidad de su reflexión y por el convencimiento de los fundamentos sacerdotales; seguramente para muchos de nosotros la realidad de nuestro sacerdocio en y para la Iglesia, realidad sustentada durante toda nuestra vida, encuentra su fundamento en esas cátedras de Dogma y de Sagrada Escritura. ¡Cuántos ambicionamos llegar a ser un día tan claros y tan convencidos!

A los 30 años fue nombrado maestro de novicios, oficio, por esos tiempos, el más delicado en la conformación de un Instituto muy joven aún. Sus antecesores fueron los padres Alfonso Restrepo y Miguel Ángel Gallego, sacerdotes de alta espiritualidad y figuras cimeras en nuestra historia. Realmente el Fundador y el entonces Rector, padre Aníbal Muñoz, no podían encontrar una mejor opción. El Padre Jaramillo había ya delineado su fisonomía espiritual e intelectual.

Fue el padre maestro hasta el primer Capítulo General del Instituto en 1950 cuando se le nombró Segundo Asistente del Superior General y Rector del Seminario para suceder, nada menos, que al Padre Aníbal Muñoz,  una delas columnas de la Institución.

Su Rectoría se distinguió por la insistente y profunda espiritualidad, dedicándose de lleno a una formación sacerdotal integral, centrada en el misterio de Dios Trinidad, de Jesucristo Sacerdote y Salvador y de María Inmaculada; por un celo insomne y un cultivo incesante de las virtudes sacerdotales y del ideal de santidad desde los niños que iniciaban el Seminario Menor, hasta los diáconos; y por la orientación espiritual semanal, las circulares a sus alumnos en las fechas más significativas, sus sermones ardientes y su perpetua oración ante el Sagrario por sus seminaristas: todo ello fue su vida como formador.

Y en sus relaciones: un alegre rector que patinaba y montaba en bicicleta, una risa abierta y cordial, una conversación llena de agudos chispazos, un acercarse siempre y no eludir situaciones difíciles, un consejo comprensivo y acertado, un amor de padre por sus hijos futuros misioneros.

Al entrar en oración: un rostro sereno, una expresión de fe y adoración sin afectación y un sentimiento de intimidad. Esta será siempre la imagen de nuestro Rector.

En el Año Santo de 1950, para celebrar la definición del Dogma de la Asunción de la Santísima Virgen a los cielos por Su Santidad el Papa Pío XII, nuestro Rector engalanó el Seminario, ordenó una de las más solemnes celebraciones que recordamos en Yarumal, hizo pintar, por el artista Salvador Arango, el mural que recuerda este misterio mariano y,  él mismo, se manifestó como en el culmen de su amor místico en esa fecha memorable.

En honor a la Virgen, Reina y Madre, estableció que el 31 de mayo, fiesta litúrgica de María Reina, se celebrara el día del Seminarista, toda una fiesta espiritual y de deliciosa fraternidad que hiciera vibrar por el ideal misionero. Quería inyectar en sus seminaristas los sentimientos propios de una preparación al sacerdocio.

Y para perfeccionar todo este periplo mariano y no dejar resquicio sin llenar en el amor a María, el primero de Noviembre de 1954, año del centenario del Dogma de la Inmaculada Concepción, en una verdadera apoteosis, colmado el seminario de obispos, misioneros, seminaristas, benefactores y amigos, en un acto presidido por el Nuncio Apostólico y el Padre Fundador, fue coronada canónicamente, por particular privilegio concedido por el Papa Pío XII, la imagen de la Inmaculada que desde el año de 1929 preside la vida y la historia de los Misioneros de Yarumal. A ello le hizo excepcional ambiente la exposición mariana organizada con lujo de detalles y el mejor estilo didáctico para este acontecimiento.

El 3 de julio de 1952 se conmemoraron las Bodas de Plata de la fundación del Seminario de las Misiones Extranjeras de Yarumal. Una fecha tan significativa merecía el mayor despliegue espiritual y el Rector abrió todas las posibilidades.

Fueron 15 días de celebración en los que se incluyó la Primera Semana de Orientación Misional, la más importante que se haya celebrado en Colombia, en la que participaron sacerdotes y misioneros, el Seminario mayor y menor en pleno, los sacerdotes que iniciaron la obra con el Fundador, muchos exalumnos y amigos y más de 15 prelados de todo el país.

En esa semana se escucharon las más autorizadas voces sobre el problema misionero en Colombia y la proyección de los Misioneros de Yarumal.

El despliegue de fe, las solemnísimas liturgias pontificales de cada día, las actividades académicas y de teatro, todo aquello fue apoteósico y difícilmente se olvidará. Era un momento de gloria para los Fundadores que, en esa fecha, pudieron ver ordenarse siete nuevos sacerdotes y aumentar el número de los misioneros al servicio de la iglesia universal. Y todo ello al impulso del amor que nuestro Rector sentía por el Instituto y la clara visión de su futuro.

Hacen parte de su ministerio como maestro dos obras que son transcripción de sus meditaciones y enseñanzas sobre Cristo y María: “He aquí al hombre” y ‘Apareció una mujer”. En un primer momento no hicieron impacto pero ahora, al madurar del tiempo y al revivir la historia, tenemos que admirar lo profundo y sentido de su contenido.

[1] 7 abril, 1942

[2] 17 julio, 1969

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