SEMBLANZA 3: ESTUDIOS TEOLÓGICOS

Entre 1937 y 1940 cursó los tratados teológicos del pensum eclesiástico. Si juzgamos por la exquisita erudición con que exponía sus cátedras (lo podernos certificar quienes fuimos sus alumnos), es evidente que el estudio del Dogma, la Sagrada Escritura, la Liturgia y la Moral, no fueron únicamente un ejercicio académico sino un verdadero alimento para su espiritualidad. Ahora no era sólo la filosofía escolástica y las disquisiciones de Santo Tomás y Aristóteles, ahora era la insondable profundidad de los Santos Padres, la teología de San Pablo y los autores más destacados intérpretes del contenido salvífico del Evangelio.

Su aplicación al estudio, las reflexiones y ensayos sobre los asuntos profundos de la teología, sus exposiciones académicas en acontecimientos importantes del Seminario, lo hicieron destacar como orador y expositor. Será inútil repetir que, año tras año del período escolar, siempre fue para sus condiscípulos el más aventajado pero siempre modesto, servicial y amigo. Se puede asegurar que la preparación a su ordenación sacerdotal y a su servicio apostólico, lo constituyó el cuatrienio de teología. Todo confluía a enriquecer y a ansiar con creciente entusiasmo su esperanza de ser sacerdote y misionero, convencido ya de que éste era el camino que Dios le mostraba y la absoluta entrega que le exigía.

Leamos la declaración al terminar el Noviciado e irrumpir en los estudios teológicos:

“Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, declaro que habiendo comprendido, en cuanto mi miseria ha sido capaz, el amor infinito de Dios para conmigo, deseo pagárselo del modo más perfecto. Y como la manera más perfecta consiste en mi mayor santidad y, estando en mi mayor semejanza con Cristo, y siendo el estado religioso sacerdotal, misionera el que más me asemeja al Verbo hecho Carne, deseo abrazar la comunidad de San Javier y María Inmaculada, para publicar las maravillas de Dios. Por tanto, quiero cumplir fielmente, confiado en las Tres Divinas Personas que inspiran mi deseo, Ias promesas de esta Pía Unión. Declaro ser mi intención firme, estudiada a las luces de la fe y de la razón. Pero, como deseo hacer la voluntad de Dios, seguiré otro estado si en el futuro su Divina Majestad se sirve mostrarme otro camino”.

Es de verdad maravilloso, digno de los grandes místicos, esa disponibilidad de la  voluntad, aún desde la clara conciencia del camino ya elegido.

Ahora ya parece que no hay preocupación de que el Señor cambie de opinión: desde la Tonsura hasta el Presbiterado, hay una idea fija como hilo conductor que lo lleva seguramente a su consagración sacerdotal “ad vitam”.

Para ser admitido a la clericatura, por la recepción de la Tonsura, decía:

“Respetuosamente pido me admitáis a la recepción de la Sagrada Tonsura, si me juzgáis apto. Esta petición es inspirada en el deseo de llegar pronto al sacerdocio, para ser más hábil instrumento, primeramente de Dios y después vuestro en la tarea de salvar las almas”.

Y para las Órdenes Menores:

“Quiero hacer la voluntad divina y pido al Señor manifieste su querer por medio de su Excelencia. Hago esta petición libremente, animado del deseo de salvar los almas por el medio más apto para ello, cual es el Sacerdocio” .

Y para el subdiaconado que era el momento de decidir sobre el destino de su vida:

“Apoyado en la gracia de Dios lo podré todo. Por eso, confiado en la misericordia divina que me ayudará a cumplir las graves cargas que trae consigo el subdiaconado, que yo bien conozco, me atrevo a pedir o su Excelencia me confiera esa orden, si me juzga digno”.

La petición del Presbiterado vuelve a mostrar, en un espontáneo efluvio espiritual, todo cuanto resume su pensamiento teológico, su vivencia ascética y, en fin, el norte de su convencimiento:

“Pido humildemente o Su Excelencia se digne concederme la Sagrada Orden del Presbiterado. Conozco la enorme responsabilidad que cargará sobre mis hombros, pero espero en la gracia de Dios.

No tengo otro móvil para hacer tal petición sino un deseo ardiente, como de volcán, de dilatar la gloria de mi Santísima Trinidad. Ella ve lo sincero de mis pensamientos. Ella los inspira”.

Si de la abundancia del corazón hablan los labios, es evidente que el alma del neo sacerdote, aquella mañana del 1″ de septiembre de 1940, estuvo saturada de infinita luz y del profundo gozo que produce la sensación del Dios cercano, esa misma que sintió San Juan cuando pudo participarnos lo que sus manos tocaron del Verbo y los estremecimientos que produjo en su alma de amigo de Jesús.

Esa mañana luminosa, las manos patriarcales del Padre Fundador, con su característica actitud de infundir y trasmitir la gracia del Espíritu Santo, que todos sentimos cuando, al imponerlas, hacía una presión que casi sensiblemente infundía el carisma sacramental, transformaban el seminarista en sacerdote, el escogido en enviado.

Cualquiera que sepa leer en los rostros las íntimas emociones del hombre, podría adivinar el misterio de la transformación de un hombre en reflejo del Verbo y en emisario del Mesías. Fue este un momento largamente esperado y codiciado, como lo es el momento de alcanzar la meta después de las incertidumbres del desafío.

Su primera Misa, que es el misterio gozoso familiar, cantada en el pueblo natal de Santo Domingo el 8 de septiembre, colmó las naves del querido templo parroquial. El Padre Juan J. Arroyave, su promotor vocacional, predicó esa Eucaristía con la satisfacción de ver realizada su previsión sobre aquel pequeño que conoció once años atrás y que ahora veía subir al altar participante de su misma gracia sacerdotal. Fiesta familiar inolvidable: alegría conmovedora de sus padres y orgullo fraternal de su hermana María Rosa y de sus paisanos. El supremo honor de una auténtica familia antioqueña era tener un hijo sacerdote.

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