SEMBLANZA 2: SU VOCACIÓN

SE PREPARA AL SACERDOCIO

EI año de 1934 inicia los estudios propios de la carrera sacerdotal con el ciclo de filosofía, durante dos años. Y comprobamos otro de sus encuentros providenciales con dos hombres de la mayor significación en la historia del Instituto Misionero de Yarumal. Para el comienzo del año escolar se nombra rector del seminario al Padre Francisco Gallego Pérez, hombre intuitivo, virtuoso de las buenas letras, emprendedor y práctico como buen antioqueño. Y en el mismo momento llega a Yarumal, como prefecto de disciplina, el padre Aníbal Muñoz Duque: dos hombres de alma e inteligencia superior, amigos en el más noble sentido de la palabra que asumieron, de una vez por todas, la obra misionera de Monseñor Builes en toda su trascendental dimensión.

El Padre Gallego fue posteriormente obispo de Barranquilla y Cali; el padre Aníbal fue Arzobispo de Bogotá, Primado de Colombia y el tercer cardenal Colombiano.

Desde entonces, esas tres almas se fundieron en una singular empatía, sencillamente porque descubrieron mutuamente sus íntimos valores humanos y sacerdotales; los formadores encontraron en el seminarista la persona superior que era y siempre lo tuvieron por el mejor. Sería necesario conocer la biografía de estos dos sacerdotes, su personalidad y su paso por la historia eclesiástica de Colombia para comprender lo que pueda significar el aprecio por su alumno Jesús Emilio Jaramillo. Y éste a su vez comprendió que había descubierto un filón riquísimo para todo lo que aspiraba su vocación misionera.

Cada día escaló situaciones mejores entre sus compañeros y superiores; sus dotes de escritor y orador eran innegables, sus estudios y ensayos literarios deslumbraban ciertamente, la seriedad de su pensamiento y su entrega a los estudios más profundos fue de todos reconocida.

La Filosofía escolástica era de obligado estudio en aquellos años y el tomismo la norma filosófico-teológica en la Iglesia. No es por tanto de extrañar que una mente abierta a la lógica y a desentrañar los misterios del saber, se sintiera absorbida y absorta ante Santo Tomás de Aquino, el Angélico Doctor, donde bebió la sabiduría y, en definitiva, consolidó su pensamiento filosófico.

Jesús Emilio Jaramillo M. Primero de izquierda a derecha (sentados)

NOVICIO MISIONERO

Terminado el ciclo de su formación académica con el bachillerato y la filosofía, los aspirantes ingresaban al año de noviciado. Por muchos años, el de los misioneros no se diferenció del noviciado canónico de los religiosos; un año completo de profundización espiritual en la escuela de San Ignacio de Loyola; sus famosos Ejercicios se hacían, sin omitir las directrices del gran Fundador, durante cuatro semanas, con acentuado énfasis en la de elección de estado. Era un año de total aislamiento de los demás seminaristas. Silencio, oración y penitencia será el espacio suficiente para conocer el Instituto al que se integrarían por la profesión, las Constituciones, la historia y la presencia del Fundador, la historia del Instituto que ellos mismos estaban escribiendo y legando a posteriores generaciones y, el fin, la misión, objeto y razón de los Misioneros de Yarumal.

Al cruzar el umbral del noviciado el 6 de enero de 1936, se topa nada menos que con el padre Alfonso Restrepo, el sacerdote que estuvo, él solo, el día de inaugurarse el Seminario, aquel 3 de julio de 1927.

De una espiritualidad sacerdotal proverbial entre el clero diocesano y quien echó las bases de la fe en la Providencia y de la necesidad de santidad de los misioneros del nuevo Instituto, el padre Alfonso es un personaje único en nuestra historia. Y allí, para vivir un año entero de la espiritualidad del profundo, para desentrañar el filón de celo apostólico del Obispo Fundador, para solazarse en las místicas intimidades de Dios, supremamente amado y deseado, se encontraron la era fértil y el sembrador afanoso, “el celoso guardián de la heredad”. La espiritualidad de Monseñor Builes es un filón riquísimo como el de un maestro espiritual y eL de un patriarca y padre de la escuela para santos misioneros, que recibió el mandato pontificio de “Hágame santos o no me haga nada“.

Porque para extender el Reino de Dios a los infieles se necesitan santos más que expedicionarios. Y esto ya empezaba a dilucidarlo el recién novicio y en él empezaba a descubrirlo su maestro.

Fue un noviciado vivido con íntimo gozo y con excepcional responsabilidad. La solicitud de admisión como misionero del Instituto delata la profunda reflexión con que compromete su vida y cómo esa vida va iluminándose con las más altas luces de la teología ascética y mística que ya constituyen el centro de su espiritualidad cristiana: el misterio profundo y embelesador de la Santísima Trinidad, misterio insondable de Dios y de su verbo Encarnado que ya desde entonces será el distintivo auténtico del novicio, del estudiante de filosofía y teología, del sacerdote y del obispo.

No hubo en adelante otro tema tan obsesionante ni en su meditación ni en su cátedra de dogma, como su interioridad en, no por ser tan humilde y cuidadoso de conservar oculta, destilaba en todas las actitudes de su vida y brillaba como luz sobre el candelero, luminosa y crepitante.

El 3 de diciembre ha sido en la historia de los Misioneros de Yarumal el día clásico de la profesión: emisión de la promesa jurada de obediencia e incorporación al Instituto; y ello en honor del gran misionero y patrono San Francisco Javier, cuyo nombre nos distingue.

Muy bien podríamos describir, sin temor a equivocarnos y a la distancia de más de 70 años, la emoción, los sentimientos, la seriedad, responsabilidad y entrega de este momento solemne de su compromiso del hasta hoy novicio Jesús Emilio Jaramillo. Me viene espontáneamente a la memoria el pensamiento que una vez leí y nunca olvidé: “el amor no tiene sino una única palabra que diciéndola siempre no la repite jamás”.

En ese momento no había mucho que decir y nada que agregar a la fórmula del compromiso: los dos, el misionero y el Señor, lo sabían en todos los detalles y no había más qué hablar. Ya sabían que allí empezaba la eternidad del mutuo amor, que lo que no es eterno no es nada y que la vida vale en cuanto se entrega sin condiciones al Amado. Eso lo aprendió Jesús Emilio de sus maestros espirituales, eso lo heredó del santo Fundador con quien se siente identificado y eso era el resultado de sus meditaciones y de su resuelta voluntad de no desertar del amor y de la voluntad de Dios.

Así en el cenit de su vida, ya iniciado su episcopado, pudo escribir:

“En mi vida personal, Cristo ha sido mi única opción. Él ha sido mi única actitud. Mis grandes decisiones se han tomado por Él. En este ocaso vital, Él es mi esperanza. Lo fundamental en mi vida es Cristo, lo otro es accidental: trabajar aquí o allá, con estas o con aquellas personas, en este puesto de categoría inferior o superior según el criterio humano. Lo importante, lo definitivo, lo absorbente es Él. He aprendido por mi intensa experiencia interior que ser cristiano no es un estado que se realiza en un instante, es una tensión de toda la vida. Nunca se estará satisfecho de ser lo que se es. Ser cristiano es llevar en el alma una sed insaciable de superación. Sólo seré el cristiano que ambiciono cuando termine mi peregrinaje y cuando pueda ver a mi Dios y a su Hijo ‘como son’.  Entonces yo quedaré radicado por eternidades”.[1]

[1] Jaramillo Jesús E. Itinerario Espiritual. Manuscrito inédito.

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