«Reconciliarse en Dios, con los colombianos y con la creación»

Homilia en la Beatificación de los mártires. Villavicencio, 8 de septiembre de 2017

¡Tu nacimiento, Virgen Madre de Dios, es el nuevo amanecer que ha anunciado la alegría a todo el mundo, porque de ti nació el sol de justicia, Cristo, nuestro Dios! (cf. Antífona del Benedictus). La festividad del nacimiento de María proyecta su luz sobre nosotros, así como se irradia la mansa luz del amanecer sobre la extensa llanura colombiana, bellísimo paisaje del que Villavicencio es su puerta, como también en la rica diversidad de sus pueblos indígenas.

María es el primer resplandor que anuncia el final de la noche y, sobre todo, la cercanía del día. Su nacimiento nos hace intuir la iniciativa amorosa, tierna, compasiva, del amor con que Dios se inclina hasta nosotros y nos llama a una maravillosa alianza con Él que nada ni nadie podrá romper.

María ha sabido ser transparencia de la luz de Dios y ha reflejado los destellos de esa luz en su casa, la que compartió con José y Jesús, y también en su pueblo, su nación y en esa casa común a toda la humanidad que es la creación.

En el Evangelio hemos escuchado la genealogía de Jesús (cf. Mt 1,1-17), que no es una simple lista de nombres, sino historia viva, historia de un pueblo con el que Dios ha caminado y, al hacerse uno de nosotros, nos ha querido anunciar que por su sangre corre la historia de justos y pecadores, que nuestra salvación no es una salvación aséptica, de laboratorio, sino concreta, una salvación de vida que camina. Esta larga lista nos dice que somos parte pequeña de una extensa historia y nos ayuda a no pretender protagonismos excesivos, nos ayuda a escapar de la tentación de espiritualismos evasivos, a no abstraernos de las coordenadas históricas concretas que nos toca vivir. También integra en nuestra historia de salvación aquellas páginas más oscuras o tristes, los momentos de desolación y abandono comparables con el destierro.

La mención de las mujeres —ninguna de las aludidas en la genealogía tiene la jerarquía de las grandes mujeres del Antiguo Testamento— nos permite un acercamiento especial: son ellas, en la genealogía, las que anuncian que por las venas de Jesús corre sangre pagana, las que recuerdan historias de postergación y sometimiento. En comunidades donde todavía arrastramos estilos patriarcales y machistas es bueno anunciar que el Evangelio comienza subrayando mujeres que marcaron tendencia e hicieron historia.

Y en medio de eso, Jesús, María y José. María con su generoso sí permitió que Dios se hiciera cargo de esa historia. José, hombre justo, no dejó que el orgullo, las pasiones y los celos lo arrojaran fuera de esa luz. Por la forma en que está narrado, nosotros sabemos antes que José lo que le ha sucedido a María, y él toma decisiones mostrando su calidad humana antes de ser ayudado por el ángel y llegar a comprender todo lo que sucedía a su alrededor. La nobleza de su corazón le hace supeditar a la caridad lo aprendido por ley; y hoy, en este mundo donde la violencia psicológica, verbal y física sobre la mujer es patente, José se presenta como figura de varón respetuoso, delicado que, aun no teniendo toda la información, se decide por la fama, dignidad y vida de María. Y, en su duda de cómo hacer lo mejor, Dios lo ayudó a optar iluminando su juicio.

Este pueblo de Colombia es pueblo de Dios; también aquí podemos hacer genealogías llenas de historias, muchas de amor y de luz; otras de desencuentros, agravios, también de muerte. ¡Cuántos de ustedes pueden narrar destierros y desolaciones!, ¡cuántas mujeres, desde el silencio, han perseverado solas y cuántos hombres de bien han buscado dejar de lado enconos y rencores, queriendo combinar justicia y bondad! ¿Cómo haremos para dejar que entre la luz? ¿Cuáles son los caminos de reconciliación? Como María, decir sí a la historia completa, no a una parte; como José, dejar de lado pasiones y orgullos; como Jesucristo, hacernos cargo, asumir, abrazar esa historia, porque ahí están ustedes, todos los colombianos, ahí está lo que somos y lo que Dios puede hacer con nosotros si decimos sí a la verdad, a la bondad, a la reconciliación. Y esto sólo es posible si llenamos de la luz del Evangelio nuestras historias de pecado, violencia y desencuentro.

La reconciliación no es una palabra que debemos considerar abstracta; si esto fuera así, sólo traería esterilidad, traería más distancia. Reconciliarse es abrir una puerta a todas y a cada una de las personas que han vivido la dramática realidad del conflicto. Cuando las víctimas vencen la comprensible tentación de la venganza, cuando vencen esta comprensible tentación de la venganza, se convierten en los protagonistas más creíbles de los procesos de construcción de la paz. Es necesario que algunos se animen a dar el primer paso en tal dirección, sin esperar a que lo hagan los otros. ¡Basta una persona buena para que haya esperanza! No lo olviden: ¡basta una persona buena para que haya esperanza!  ¡Y cada uno de nosotros puede ser esa persona! Esto no significa desconocer o disimular las diferencias y los conflictos. No es legitimar las injusticias personales o estructurales. El recurso a la reconciliación concreta no puede servir para acomodarse a situaciones de injusticia. Más bien, como ha enseñado san Juan Pablo II: «Es un encuentro entre hermanos dispuestos a superar la tentación del egoísmo y a renunciar a los intentos de pseudo justicia; es fruto de sentimientos fuertes, nobles y generosos, que conducen a instaurar una convivencia fundada sobre el respeto de cada individuo y los valores propios de cada sociedad civil» (Carta a los obispos de El Salvador, 6 agosto 1982). La reconciliación, por tanto, se concreta y consolida con el aporte de todos, permite construir el futuro y hace crecer esa esperanza. Todo esfuerzo de paz sin un compromiso sincero de reconciliación siempre será un fracaso.

El texto evangélico que hemos escuchado culmina llamando a Jesús el Emmanuel, traducido: el Dios con nosotros. Así es como comienza, y así es como termina Mateo su Evangelio: «Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin de los tiempos» (28,21). Jesús es el Emmanuel que nace y el Emmanuel que nos acompaña en cada día, el Dios con nosotros que nace y el Dios que camina con nosotros hasta el fin del mundo. Esa promesa se cumple también en Colombia: Mons. Jesús Emilio Jaramillo Monsalve, Obispo de Arauca, y el sacerdote Pedro María Ramírez Ramos, mártir de Armero, son signos de ello, la expresión de un pueblo que quiere salir del pantano de la violencia y el rencor.

En este entorno maravilloso, nos toca a nosotros decir sí a la reconciliación concreta; que el sí incluya también a nuestra naturaleza. No es casual que incluso sobre ella hayamos desatado nuestras pasiones posesivas, nuestro afán de sometimiento. Un compatriota de ustedes lo canta con belleza: «Los árboles están llorando, son testigos de tantos años de violencia. El mar está marrón, mezcla de sangre con la tierra» (Juanes, Minas piedras). La violencia que hay en el corazón humano, herido por el pecado, también se manifiesta en los síntomas de enfermedad que advertimos en el suelo, en el agua, en el aire y en los seres vivientes (cf. Carta enc. Laudato si’, 2). Nos toca decir sí como María y cantar con ella las «maravillas del Señor», porque lo ha prometido a nuestros padres, Él auxilia a todos los pueblos y auxilia a cada pueblo, y auxilia a Colombia que hoy quiere reconciliarse y a su descendencia para siempre.


Un solo día puede ser decisivo en nuestra historia

Jesús Emilio Jaramillo Monsalve. Profeta y mártir de la paz

“Desata la sandalia de tu pie porque la tierra que pisas es santa”.[1] Desnúdate de todas las cosas terrenas, si es necesario, desnúdate de ti mismo y comienza la caminada de la libertad. Como Moisés todos estamos llamados a escribir nuestra historia desde la pequeñez como la semilla de mostaza y desde el silencio como la levadura en la masa. Es necesario desatar la sandalia y ser ligeros de equipaje para hacer historia con una comunidad que no conozco, o conozco poco, y que será luego mi comunidad, como lo expresó con claridad el beato Jesús Emilio Jaramillo Monsalve mxy el día que tomó posesión como obispo de Arauca: “Éramos hermanos desde mi bautismo y no nos conocíamos”[2].

Desde la fe, Monseñor Jaramillo, asumió la comunidad araucana y como si fuera el primero y el último día de su vida, comenzó la caminada desafiando geografías, grupos humanos e ideologías, para hacer historia a semejanza del caudillo del desierto, con conciencia de profeta, de líder, de liberador y de guía. El año 1971 se convierte para él en el gran mojón de la historia: el Sarare, el piedemonte llanero y el llano; lugares habitados por propios y extraños que aferrados a la tierra, muchas veces, pierden su mirada sin trascender al cielo, al infinito, al dador de todo bien. Por eso, en una de sus meditaciones, el Beato afirmaba: “El Dios del más allá se coloca en el más acá… yo no tenía manera de ir. Si Él no viene yo no puedo ir. ¿Quién es capaz de pasar ese abismo, más allá de la nada? ¿Quién podía juntar en unidad? ¿Quién eres tú, Señor? y ¿Quién soy yo?”[3]. Con paso firme y decidido hizo historia con el pueblo de la vasta llanura de Arauca y por medio de visitas a los poblados, con sus conferencias radiales claras y oportunas, con programas de educación en las escuelas e internados y con el programa de “El equipo del Indio”, entre  otros, fue preparando al pueblo para el encuentro con el Dios que está a la puerta: ¡“Llega el Señor”![4], y convencido de su fe en Jesucristo exclamó lleno de júbilo: “De manera que en esta geografía, en este lugar preciso, sobre este poquito de tierra, aquí reventó la verdad un día, aquí reventó el esperado”[5]

El 19 de julio de 1984, el Vicariato de Arauca es elevado a la categoría de diócesis y el 21 de septiembre Mon. Jaramillo la asume como primer obispo residencial. Ahora el trabajo pastoral, en un territorio donde se es autónomo, sigue directrices claras: tiene objetivos a corto y largo plazo y metas precisas qué alcanzar con su gente. Se abren caminos, se acortan distancias, se fortalecen viejas amistades, los enemigos al igual que los amigos salen al camino, unos para desafiar con tempestuosas propuestas, otros para tender la mano y ofrecer un vaso de agua al peregrino de la paz que avanza fatigado con un bagaje de experiencias y años a cuestas sin lograr entrar en la tierra de promisión.

Monseñor Jaramillo pudo apreciar, en la región andina, la adhesión de los habitantes a la iglesia católica con una fe cargada de elementos tradicionales; valoró en la región o zona del Sarare la participación de los creyentes en los asuntos de iglesia y la buena acogida a los agentes de pastoral, pero también notó, en ellos, poca coherencia entre vida y fe cristiana; con dolor vio como la pastoral se ha visto entorpecida por la situación de violencia y muchos católicos obligados a militar en los grupos guerrilleros hasta convertir al Sarare en un río de sangre, y así lo expresó en las honras fúnebres del P. Cuervo, asesinado en Fortul: “el Sarare está lleno de sangre, ya se rebosó la copa, si necesitan más sangre ahí está la del clero de Arauca con el obispo a la cabeza” .

“La década del 80 marcó otra época dolorosa y desafiante en la vida de la diócesis de Arauca. La violencia tomó una fuerza impresionante, a tal punto que se puede decir que hoy Arauca es uno de los territorios más violentos del país…”[6]. Es necesario continuar la caminada y estar ahí con el pueblo; ahora se muestra con claridad el talante de un profeta habla como un hombre que ha despertado de una pesadilla, convencido de que esa pesadilla se convertirá en realidad. Sus conferencias radiales y sus sermones son como golpes de maza cuya intención era romper los cráneos más duros e indiferentes, y aunque deseara estar tranquilo, la Palabra de Dios quemaba en su corazón “como un fuego ardiente metido en sus huesos” (Jer 20,9); su relación con Dios, su identificación con Jesucristo, su compromiso con los pobres, la defensa del llanero, todo estuvo marcado por reproches y amenazas de los grupos armados y de los que, motivados u obligados por ellos, ponían resistencia a la voz del pastor. En sus escritos y en sus predicaciones había una constante: consciencia clara de que no temía a la muerte ni al martirio que tendría que sufrir por defender la verdad; martirio que sufriría en cualquier recodo del camino, abandonado por los suyos, “para no complicar las cosas”.

Cuentan los testigos oculares que “el 2 de octubre de 1989, el beato Jesús Emilio Jaramillo Monsalve regresaba a su residencia, tras haber realizado la visita pastoral a la parroquia de Fortul. Viajaba en un automóvil puesto a su disposición por el párroco de Fortul. En el vehículo, junto al Beato, viajaban otras cinco personas: el sacerdote Helmer José Muñoz, delegado diocesano de pastoral; el sacerdote León Pastor Zarabanda, párroco de Puerto Rondón; el sacerdote Rubín Rodríguez Salinas, párroco de Fortul; el seminarista Germán Piracoca; y la secretaria de la parroquia de Fortul, Claudia Rodríguez… En torno a las 3.30 p.m.,  el vehículo fue interceptado por tres hombres armados cuando atravesaba un puente sobre el rio Caranal. Éstos preguntaron quién era Mons. Jaramillo, y le indicaron que debía acompañarlos, asegurando que la única finalidad era que se hiciera portador de un mensaje para las autoridades civiles. En el vehículo partieron Mons. Jesús Emilio Jaramillo, los tres secuestradores y el sacerdote Helmer Muñoz, quien conducía”[7].

Ante los hechos de violencia que vivía la diócesis de Arauca en la década del 80, y con el secuestro de su obispo, se actualiza el viacrucis del mártir del Calvario.

Veamos el paralelo entre la pasión de Cristo y la pasión del obispo de Arauca. Nos narran los evangelios el drama cruento que se vivió después de la Cena el jueves santo y la resurrección del Señor el domingo de Pascua y nos narran los testigos la pasión del mártir de Arauca en términos semejantes:

  • “cuando la tropa se dirigió al Monte de los Olivos en busca de Jesús, al llegar al lugar, pregunta Jesús: “¿A quién buscan? Y la tropa respondió: a Jesús Nazareno. Y Jesús les respondió: Yo soy”. El 2 de octubre los secuestradores “hicieron detener el carro donde iban las seis personas del equipo de pastoral. Entonces preguntaron: ¿Quién es Jesús Emilio Jaramillo?” Respondió Monseñor: yo soy, a sus órdenes” (Jn 18, 7-8) … “Dar la vida por los suyos, llegó a ser ahora el ofrecimiento espontáneo de su episcopado, y por ello, el día de su detención para matarlo, pudo decir a sus verdugos: “Si me necesitan a mí, déjenlos ir a ellos”.
  • “Prendieron a Jesús y se lo llevaron” (Jn 18,12). También al obispo se lo llevaron: “la ruta que recorrieron fue: tomar la carretera que antes de Fortul conduce a Palmarito y hacia la paz”[8].
  • Tres horas de agonía de Jesús en la cruz, y tres horas de agonía del obispo hasta llegar al lugar del sacrifico: eran las 3:30 p.m. del día 2 de octubre, al cruzar el puente de madera sobre el caño Caranal cuando ocurrió el secuestro y llegaron al lugar del martirio a eso de las 6.00 de la tarde.
  • Jesús arrodillado suplicaba al Padre: ““Padre, si quieres, pasa de mí esta copa… más no se haga mi voluntad sino la tuya.” (Lucas 22, 42). El obispo entró en oración: “por el espejo del retrovisor el Padre Helmer vio que Monseñor llevaba el Rosario en las manos e iba rezando”… “Dos de los secuestradores se retiraron un poco para hablar a solas mientras otro montaba guardia. Entonces Monseñor y el Padre Helmer aprovecharon el momento para hacer una oración y se absolvieron mutuamente”. Luego el obispo “le pidió (al P. Helmer): ‘Por obediencia, váyase para que no compliquemos las cosas. Pongámonos en las manos de Dios y que se haga su voluntad’[9].
  • “Los soldados repartieron entre sí sus vestidos, echando suertes” (Lucas 23), 34) echaron a suerte sus ropas…” Al día siguiente, 3 de octubre, el P. Elmer regresó al mismo lugar, y encontró el cadáver de Mons. Jaramillo, con los brazos en cruz y el rostro desfigurado por los numerosos disparos. “El Padre recogió las pocas pertenencias que llevaba Monseñor: no apareció ni el anillo pastoral, ni el rosario que traía en sus manos, ni el reloj”[10]
  • “Entonces Judas, el que había entregado a Jesús, viendo que era condenado, devolvió arrepentido las treinta piezas de plata…” (Mateo 27, 3) Un grupo del ELN entregó personalmente al Padre Alfonso León el anillo episcopal “en un acto de respeto al Obispo y porque consideraba que esa insignia no la deberían tener ellos”[11].

“Mons. Rafael Arcadio Bernal, su sucesor al frente de la diócesis, declaró que el Mons. Jesús Emilio Jaramillo, uno o dos años antes de la muerte, ya había manifestado ante el Comité Permanente del Episcopado Colombiano que era consciente del riesgo, pero que no quería abandonar el ministerio encomendado. Esta conciencia del peligro se evidencia singularmente en la carta que escribió a Mons. August Peters el 29 de septiembre de 1989, precisamente cuando se disponía a realizar la visita pastoral a Fortul, donde encontraría la muerte.

 

A pesar de que pudo huir, refugiándose en Bogotá, él rechazó esta opción. En conversación con la esposa del testigo Luis Fernando Arango González, Mons. Jesús Emilio Jaramillo Monsalve afirmó al respecto: «Ese es mi rebaño, yo tengo que estar allí […]. El deber mío es estar con mi grey, y en ningún momento puedo renunciar. Si he de morir ahí, tendrá que ser así, porque Dios lo quiere»[12]. “La vida ejemplar del Mons. Jesús Emilio Jaramillo Monsalve, confirmada por todos los testigos, constituía el presupuesto para la aceptación del martirio. Las pruebas subrayan sus virtudes cristianas y religiosas ejemplares, y concuerdan en que el martirio fue la coronación de tal vida virtuosa”[13].

[1] Éxodo 3, 5

[2] Manuel J. Agudelo Mejía, mxy, “Seré testigo”, pg. 134

[3] Mon. Jesús Emilio Jaramillo mxy, Misterio de la Encarnación pg. 182, retiros a las Clarisas Cali.

[4] Divisa de su escudo episcopal.

[5] Mon. Jesús Emilio Jaramillo mxy, Misterio de la Encarnación pg. 183, retiros a las Clarisas Cali

[6] Manuel J. Agudelo Mejía, mxy, “Seré testigo”, pg. 162

[7] Manuel J. Agudelo Mejía, mxy, “Seré testigo”

[8] Ibiden

[9]Ibiden

[10] Ibiden

[11] Manuel J. Agudelo Mejía, mxy, “Seré testigo”

[12] Summarium Testium, pp. 196-197 (texto de la possition)

[13] Informatio, pp. 101-107 (texto de la possition)

Damián E. Chavarría mxy
Misionero en Medellín

Pregón de los Misioneros de Yarumal en la beatificación de Mons. Jesús Emilio

Jesús Emilio Jaramillo Monsalve

¡Gloria y alabanza a nuestro Dios!. “El Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres”. Sal. 125

Nuestro IMEY se reviste de santidad. Es santidad y pecado juntos. Pero es santidad.

Pío XI y el Santo Fundador hoy se hayan encontrado en celebración festiva: El primero dirá: “Hágame santos y el Fundador le presentará a nuestro Profeta y mártir diciéndole: Aquí está. Y hay más. Habrá un coro de Javerianos en danza de gozo celestial.

Es nuestra javerianidad del cielo. El fruto maduro de los sueños del Santo Fundador. Fraternidades de misioneros trashumantes por el  mundo entero. Insertos en culturas plurales. En diálogo con pueblos, razas, religiones, cosmovisiones.

¡La fraternidad del cielo! Tan dulce y apacible. Tan festiva y tan santa. Tan cerca a nuestras angustias existenciales acá en la tierra, tan ufanas de su carisma, tan humildes en sus éxitos, transparentes, coherentes, santos.

Profetas de todos los tiempos como Gerardo Valencia Cano. Amigo de las minorías, valiente ante los poderosos, audaz en sus iniciativas, sencillo y simple como los bonaerenses o las etnias del Vaupés. Hermano universal, planetario.

Muchos de nuestros bienaventurados hoy, construyeron el IMEY desde el anonimato, desde el silencio o en el martirio de cada día. Otros aportaron inteligencia, sabiduría, el don del discernimiento. Muchos vivieron en intensidad y lucha su testimonio.

La pastoral indígena tiene vanguardia y protagonismo en muchos de nuestros bienaventurados. Desde su tumba en el Sarare nos alumbra una antorcha que no se apaga. Es Mons. Luis Eduardo García… y con Él en lejanía, pero no menos en santidad, muchos de los nuestros acompañan en coro la Tunebia como un eco de nostalgia y pesadez en nuestras conciencias.

Vaupés, Guainía y Guaviare están tatuados en  moldes de fuego y pasión en generaciones de javerianos que dejaron sus vidas en cachiveras y volcaron su ‘celo ardiente’ hasta contagiarnos de la aventura que plasmó el Santo Fundador en sus “Cuarenta días en el Vaupés”. Muchos nombres que engrosan las letanías de nuestro santoral.

Desde el Pacífico en la costa Chocoana, se levanta un faro, cuya luz no se apaga: Es la vida y el martirio de nuestro hermano, el Padre José de Jesús Ríos, perseguido, calumniado y, por fin, torturado y ahogado en el mar para vengar con saña, su profetismo en Nuquí.

Todo esto nos ha ido llevando por un camino de profetismo y santidad en el IMEY hasta llegar al martirio de Mons. Jesús Emilio Jaramillo aquel 2 de Octubre de 1989. Es el testimonio de la sangre, pacto de sangre en el IMEY, hasta la vida  misma, como convicción profunda de nuestro carisma.

Su caminada en el IMEY ha dejado huella en todos los campos. En el año sesenta, siendo ya Superior General, quiso hacer el primer envío al extranjero. El destino era el Congo. Y lanzó una convocatoria a todos los miembros del Instituto para recabar voluntarios que quisiesen alistarse a este envío. Fueron muchos. Pero el proyecto fracasó por la guerra civil en ese país.

Más tarde, en décadas sucesivas que parecían siglos, fuimos saliendo al extranjero: Década del setenta a América Latina. Década del ochenta a África. Década del noventa al Asia. Poco a poco el Santo Fundador nos iba abriendo al mundo universo como fruto maduro de sus sueños. La llama la había prendido Mons. Jesús Emilio Jaramillo.

Ni la vida, ni el martirio, ni la santidad se improvisan. Todo obedece a un lento cultivo de la interioridad, esta búsqueda acuciante, martirial, personal, gratificante, de lo divino en nuestro interior. Interioridad como  Diálogo con Dios que nos habita en lo más hondo de nuestro ser. Un paseo con Dios en la “noche oscura” que nos lleva más allá de nosotros mismos. Así fue la vida del contemplativo Mons. Jesús Emilio Jaramillo.

Entiendo la vida de Mons. Jesús Emilio Jaramillo como la búsqueda a tientas del Dios de la luz desde las penumbras de la oscuridad. Él era un contemplativo a la altura de los grandes místicos, hombre que sabía remansarse en las oquedades más profundas de lo divino y permanecer allí por horas y tiempo indefinido. Dios era su hábitat, el lugar mismo de su identidad y de su encuentro consigo mismo.

“La perfección de toda filosofía consiste en que las palabras y la vida estén de acuerdo”, es slogan de los Padres del desierto. Y es principio de coherencia en una vida íntegra. Con una inteligencia, por lo demás brillante, vida austera y simple, palabra pronunciada como eco de la teología más refinada y seria, la caminada espiritual de Mons. Jesús Emilio Jaramillo forma una y sola unidad, la de su personalidad, que a su vez, es comunional, solidaria y fraterna.

Su teología tiene las raíces más hondas en la Escolástica. Pero no se queda ahí. Aprende de Santo Tomás a unir espiritualidad, patrística, biblia, teología y filosofía y, algo que es novedad en Mons. Jesús Emilio Jaramillo, los signos de los tiempos como vertiente nueva del Vaticano II. Vive el Kairos, la novedad del Espíritu.

Su tesis doctoral en la Javeriana de Bogotá, “La libertad en Jesucristo” es la expresión genuina de la Verdad que lo hace libre, una libertad que bebió en la fuente primera: “Para ser libres, nos liberó Jesucristo” (Gal 5, 1).

Verdad y libertad forjaron su pasión cristocéntrica como la razón de su vida. Quizás la aprendió de su maestro, el Sr. Muñoz Duque o fue el éxtasis remansado de su inquietante búsqueda del misterio del Dios Trino, lección aprendida del Santo Fundador.

Ministro de la inquietud teologal hacía de la Palabra su vida y la trasmitía a borbotones como cadencias de una cantera que se derramaba en sí misma exquisita y grandilocuente. Fue el hombre de la Palabra asimilada, acrisolada en su propia vida y luego compartida con sabiduría y testimonio. ¡No sólo Mártir, sino Doctor!

Apasionado de María fue caminando con Ella en el descubrimiento de los misterios de la encarnación, vida, pasión y muerte del Señor Jesús. De Ella aprendió el secreto de la Cruz. Esto le llevó a afrontar como lo hiciera Jesús, con toda responsabilidad y con todas sus consecuencias, el sufrimiento humano. Es el principio de su martirio,  secuencia procesal de una vida hecha para encarnar el dolor de humanidad.

“Creo en testigos que se dejan matar”, decía el filósofo Ernest Renán. Es la historia de la Iglesia. Alejandro Labaca en el oriente ecuatoriano; Oscar Arnulfo Romero en San Salvador, El Salvador; Jesús Emilio Jaramillo en Arauca, Colombia. Estos tres Testigos son un solo haz de vida en santidad martirial para nuestra América Latina.

La sangre llama, la sangre convoca, la sangre germina. La sangre es donación en libertad. Lo dijo Jesús: “Nadie me quita la vida. La doy libremente”. Mons. Jesús Emilio Jaramillo se había preparado para esta entrega. Lo había intuido serenamente. La muerte de uno de sus sacerdotes a manos de la guerrilla, había prendido las alarmas. Su corazón se lo decía.

Y esa sangre esparcida en la sabana le pertenece al pueblo de su jurisdicción de Arauca y nos pertenece al IMEY. Es sangre de nuestra sangre. Con Ella hemos sellada las jambas de nuestras almas. Ella nos habla del “Paso” del Señor. Es Pascua IMEY que define el destino de nuestra historia. De allá venimos como proyecto de santidad. Hacia allá vamos.

Con la Beatificación de Mons. Jesús Emilio Jaramillo nuestro IMEY da un paso de crecimiento y adultez que nos compromete a todos a seguir las huellas sangrantes del Crucificado en el Gólgota y remozadas ahora con la sangre de nuestro mártir en Arauca. Es llamado, estímulo, convocatoria a vivir en santidad, en alegría pascual.

Es nuestra Pascua que canta el Aleluya triunfal de un visionario atormentado por la gloria de Dios, el Santo Fundador y la de un vidente, Jesús Emilio Jaramillo, que repiten desde la eternidad, la esencia de nuestro carisma a perpetuar  el testimonio de santidad en todos los pueblos y culturas… Gracias Señor, por este regalo de nuestro profeta y mártir, Jesús Emilio Jaramillo.

Jesús Emilio Osorno G. mxy
Misionero en Bolivia

Vaticano confirma que la beatificación de Mons. Jaramillo será en Villavicencio

La Santa Sede confirmó a la Conferencia Episcopal de Colombia que, el próximo 8 de septiembre en Villavicencio, el Papa Francisco beatificará al Obispo de Arauca, Monseñor Jesús Emilio Jaramillo Monsalve y al sacerdote Pedro María Ramírez Ramos, conocido como el “Cura de Armero”.

Así lo expresa el Sustituto de la Secretaría de Estado en su mensaje:

“Tengo la alegría de comunicarle que el Santo Padre ha dispuesto que el rito de beatificación de los venerables siervos de Dios Jesús Jaramillo Monsalve, obispo de Arauca, y Pedro María Ramírez Ramos, sacerdote diocesano, será presidida por Él personalmente el día 8 de septiembre de 2017, y tendrá lugar en Villavicencio, con ocasión de su viaje Apostólico a Colombia.”,

La beatificación  Mons. Jesús Emilio Jaramillo la realizará el papa Franciso el 8 de septiembre en la ciudad de Villavicencio  durante su visita a esta ciudad.

Datos biográficos

El Siervo de Dios Jesús Emilio Jaramillo Monsalve nació el 14 de febrero de 1916 en Santo Domingo, localidad perteneciente al departamento de Antioquia (Colombia). En el año 1929 ingresó en el seminario del Instituto de Misiones Extranjeras de Yarumal, realizando en diciembre de 1936 los primeros votos. Fue ordenado sacerdote el 1 de septiembre de 1940. Su primer destino fue en Sabanalarga, municipio colombiano situado en el departamento del Atlántico.

A partir de 1941 fue profesor de teología en el seminario del Instituto de Misiones Extranjeras de Yarumal. En Bogotá, entre 1942 y 1944, completó sus estudios teológicos, tarea que compaginó con el apostolado en una cárcel femenina.

En 1945 fue nombrado director espiritual del Seminario de su instituto religioso y, meses más tarde, maestro de novicios. En febrero de 1946 realizó la profesión perpetua. En 1950 fue elegido asistente del Superior general, en 1951 fue nombrado rector del seminario y, finalmente, en 1959 fue elegido superior general del Instituto de Misiones Extranjeras de Yarumal, cargo que desempeñó hasta 1966.

En el bienio 1967-1969 dirigió el departamento nacional de laicos de la Conferencia episcopal colombiana.
El 11 de noviembre de 1970 fue nombrado obispo titular de Strumnizza y Vicario Apostólico de Arauca. Dicho Vicariato fue elevado a diócesis en julio de 1984, convirtiéndose el Siervo de Dios en su primer obispo residencial.

Realizó una importante tarea pastoral singularmente entre los campesinos y los indígenas, creando nuevas parroquias, promoviendo las vocaciones sacerdotales y desarrollando proyectos sociales y educativos, entre los que pueden mencionarse el hospital “San Ricardo Pampurri” en La Esmeralda, y el Instituto educativo “San José Obrero”, en Saravena.

Martirio material

El 2 de octubre de 1989, el Siervo de Dios Jesús Emilio Jaramillo Monsalve regresaba a su residencia, tras haber realizado la visita pastoral a la parroquia de Fortul. Viajaba en un automóvil puesto a su disposición por el párroco de Fortul. En el vehículo, junto al Siervo de Dios, viajaban otras cinco personas: el sacerdote Helmer José Muñoz, delegado diocesano de pastoral; el sacerdote León Pastor Zarabanda, párroco de Puerto Rondón; el sacerdote Rubín Rodríguez Salinas, párroco de Fortul; el seminarista Germán Piracoca; y la secretaria de la parroquia de Fortul, Claudia Rodríguez.

En torno a las 15.30 horas, el vehículo fue interceptado por tres hombres armados cuando atravesaba un puente sobre el rio Caranal. Éstos preguntaron quién era Mons. Jaramillo, y le indicaron que debía acompañarlos, asegurando que la única finalidad era que se hiciera portador de un mensaje para las autoridades civiles.

En el vehículo partieron el Siervo de Dios, los tres secuestradores y el sacerdote Helmer Muñoz, quien conducía.

Los cuatro ocupantes del vehículo que habían sido liberados fueron recogidos por un camión que pasaba. Mientras que el seminarista y la secretaria regresaron a Fortul, los sacerdotes León Pastor y Rubín Rodríguez permanecieron en la zona, pues los secuestradores habían asegurado que liberarían al obispo entre las 18.00 y las 19.00 horas.

Los tres secuestradores se identificaron como miembros del “Frente Domingo Laín Sanz” del Ejército de Liberación Nacional (ELN), una organización terrorista de orientación marxista.

Por el camino, el Siervo de Dios señaló a los secuestradores que los sacerdotes y los obispos querían el bien del pueblo, que la violencia no era la solución de los problemas, y que él mismo se ofrecía como mediador. Tras ello, el Siervo de Dios inició el rezo del rosario, tras lo cual él y el sacerdote Helmer Muñoz se confesaron mutuamente.

Sobre las 18.30, los secuestradores hicieron detener el coche, y obligaron al sacerdote Helmer Muñoz a marcharse. Como éste se resistía, el Siervo de Dios le pidió que lo hiciera por obediencia. Los captores dijeron que podría regresar a recogerlo al día siguiente, sobre las 8 de la mañana. Entonces el Rvdo. Helmer Muñoz se alejó, y pasó esa noche en la localidad cercana de Brisas de Caranal.

Al día siguiente, 3 de octubre, dicho sacerdote regresó al mismo lugar, y encontró el cadáver del Siervo de Dios, con los brazos en cruz y el rostro desfigurado por los numerosos disparos.

La autopsia determinó que el fallecimiento se produjo sobre las 19.00 horas del 2 de octubre, causada por “dos heridas en la región escapular derecha por arma de fuego”. Los funerales se celebraron el 5 de octubre.

El “Frente Domingo Laín Sanz” del ELN emitió un comunicado reivindicando el homicidio. Sin embargo, en noviembre de 1989, temiendo una reacción adversa tanto a nivel nacional como internacional, el Congreso del ELN censuró el asesinato del Siervo de Dios.

Por cuanto hasta aquí se ha afirmado, consideramos que en esta causa se puede considerar probado el martirio material.

Martirio formalex parte Servi Dei

El Siervo de Dios era consciente del riesgo que sufría, pues había sufrido diversas amenazas y era objeto de calumnias, si bien él continuó ejerciendo su ministerio sin ningún temor.

Mons. Rafael Arcadio Bernal, su sucesor al frente de la diócesis, declaró que el Siervo de Dios, uno o dos años antes de la muerte, ya había manifestado ante el Comité Permanente del Episcopado Colombiano que era consciente del riesgo, pero que no quería abandonar el ministerio encomendado.

Esta conciencia del peligro se evidencia singularmente en la carta que escribió a Mons. August Peters el 29 de septiembre de 1989, precisamente cuando se disponía a realizar la visita pastoral a Fortul, donde encontraría la muerte.

A pesar de que pudo huir, refugiándose en Bogotá, él rechazó esta opción. En conversación con la esposa del testigo Luis Fernando Arango González, el Siervo de Dios afirmó al respecto:

«Ese es mi rebaño, yo tengo que estar allí […]. El deber mío es estar con mi grey, y en ningún momento puedo renunciar. Si he de morir ahí, tendrá que ser así, porque Dios lo quiere» (Summarium Testium, pp. 196-197).

Algunos testigos señalan que el Siervo de Dios, en el contexto de retiros espirituales al clero y a seminaristas, afirmaba que era necesario prepararse espiritualmente para el eventual martirio. Así, de la documentación procesal se evidencia una clara disposición al martirio por parte del Siervo de Dios. Aceptaba esta eventual muerte con amor y confianza en la Providencia.

Los testigos del secuestro afirman que el Siervo de Dios se mostró sereno ante lo que ocurría. El Siervo de Dios se preparó al martirio mediante la oración del rosario y la celebración del sacramento de la Penitencia, durante el trayecto que le llevaba a la muerte.

La vida ejemplar de este Siervo de Dios, confirmada por todos los testigos, constituía el presupuesto para la aceptación del martirio. Las pruebas subrayan sus virtudes cristianas y religiosas ejemplares, y concuerdan en que el martirio fue la coronación de tal vida virtuosa (Informatio, pp. 101-107).

Por todo ello, consideramos que en esta causa se puede considerar probado el martirio formal ex parte Servi Dei.

Martirio formalex parte persecutorum

El asesinato del Siervo de Dios no se produce en un contexto de persecución religiosa generalizada, como ocurre en otros casos estudiados por la Congregación para las Causas de los Santos.

El Ejército de Liberación Nacional (ELN), autor del homicidio del Siervo de Dios, es una organización guerrillera de orientación marxista-leninista y pro-revolución cubana. Muchos de sus miembros, entre los que se encontraban sacerdotes, hacían una fusión entre marxismo y cristianismo, interpretando el Evangelio en clave de reivindicación social de carácter marxista, hasta el punto que consideraban que el mensaje evangélico exigía la acción revolucionaria. Uno de sus miembros, el sacerdote Camilo Torres Restrepo, afirmaba que “el deber del cristiano es hacer la revolución”. Este grupo terrorista rechazó siempre cualquier posibilidad de diálogo con el gobierno.

En el comunicado por el que reivindicaba el homicidio del Siervo de Dios, el “Frente Domingo Laín Sanz” del ELN señala que

«se decidieron a luchar contra toda forma de explotación social, económica e ideológica, es decir, a combatir contra la burguesía, el imperialismo y todas sus estructuras de dominación dentro de la cual destaca la iglesia como símbolo de explotación y de alienación ideológica por medio de la cual ha sometido la oligarquía a todo el pueblo colombiano a través de los siglos y desde la llegada de los españoles cuando evangelizaron a nuestros indígenas a punta de espada, lanza y escopeta» (Summarium Documentorum, p. 387).

En el mismo texto afirman:

«Acogemos y respetamos la participación de la iglesia popular en la lucha contra el hambre, la miseria y la opresión» (Summarium Documentorum, p. 387).

Es decir, hacen una distinción entre lo que, por una parte, ellos definen como “iglesia popular” e “iglesia revolucionaria”, y por otra lo que denominan “iglesia reaccionaria” o “iglesia de la oligarquía”. Los miembros de esta última, señalan, defienden sus intereses ideológicos, económicos y sociales y

«no están interesados que en Colombia haya una transformación revolucionaria que acabe con la injusticia y la desigualdad» (Summarium Documentorum, p. 388).

Textos tomados de:  Relatio et vota sul martirio

SEMBLANZA DE MONS. JESÚS EMILIO JARAMILLO MONSALVE

EL HOGAR

La colonización antioqueña tuvo los mismos rasgos de heroísmo y arrojo del descubrimiento y la conquista. No se explican de otro modo las inconcebibles fundaciones de los primeros poblados en los riscos más empinados de este territorio de leyenda que es Antioquia. uno de esos pueblos fue santo Domingo, al nordeste del territorio.

Es notable que muchos asentamientos llevaran y conserven el nombre de los santos fundadores y patriarcas de la espiritualidad europea: los Franciscanos, Dominicos y Agustinos fueron los primeros evangelizadores de América y dedicaron las primeras comunidades cristianas a sus ilustres fundadores; por ello, este humilde cas erío se llama santo Domingo, que con el tiempo se hizo célebre por los hijos ilustres que produjo y, particularmente, por el notable número de sacerdotes y religiosos que ofrecieron sus familias cristianísimas al señor; así  llegó a merecer el título de “ciudad levítica” con otros pueblos antioqueños. Y uno de esos ilustres hijos fue Jesús Emilio Jaramillo Monsalve; surgió de una sencilla familia formada en el santo temor de Dios y en la paz de una piedad sincera, simple y ejemplar.

Fueron sus padres don Alberto Jaramillo y doña Cecilia Monsalve, quienes engendraron dos hijos: Jesús Emilio que nació el 16 de febrero de 1916 y María Rosa. Todos ellos llevaron la monótona y sencilla vida pueblerina, El padre artesano y la madre ejemplar ama de casa, iluminaron con su bondad la penuria de su hogar cristiano, que nunca alardeó de nada ni desesperó de su pobreza. Enviaron sus hijos a la escuela del pueblo y tuvieron el gozo de verse pagados cuando el hijo mayor decidió irse al seminario, cumplidos ya los 12 años de edad, en l928.

Una religiosa veneración guardó Jesús Emilio por sus padres, de quienes seguramente heredó las virtudes más apreciadas que practicó el resto de su vida: la sencillez, la humildad, el íntimo e intenso amor a Dios y la oración profunda. Con el más puro afecto, en la liturgia de su consagración episcopal, evocó su sagrada memoria en una emocionante oración: “te pido por mis padres en la carne, mi episcopado es una flor morada que acaba de germinar sobre su tumba, alimentada por el abono de sus santas cenizas”  [1]

(Sentados) Mons. Jesús E. Jaramillo, primero de izquierda a derecha

EL LLAMADO

En febrero de 7929 ya conocía Jesús Emilio la reciente fundación del primer Seminario para las Misiones Extranjeras que fundó en Yarumal, otro risco antioqueño, el joven Obispo Miguel Ángel quien después llegó a ser llamado el Obispo mide Colombia.

Tuvo noticia de esta extraordinaria novedad religiosa por el Padre Juan J. Arroyave en 1928. El Padre Arroyave fue uno de los primeros sacerdotes diocesanos que ayudó a Mons. Builes en la instalación y el primer desarrollo del Seminario; un hombre de Dios, en€ en pocos años dejó entre los sacerdotes y seminaristas la más cálida impresión de bondad y de ejemplar vida sacerdotal.

Esa noticia y ese mensajero fueron para Jesús Emilio el llamado profético como el del pequeño Samuel. De una vez por todas definió que atendería el llamado al sacerdocio misionero mientras el mismo Señor que lo llamaba, no le indicara, con igual claridad, que su divina voluntad era otra. Es impactante su declaración al solicitar su aceptación en el Instituto después de su noviciado:

“Quiero cumplir fielmente, confiado en las Tres Divinas Personas que inspiraron mi deseo, las promesas de esta Pía Unión. Declaro ser mi determinación firme, estudiada a las luces de la fe y de la razón. Pero, como deseo hacer la voluntad de Dios, seguiré otro estado si, en el futuro, su Divina Majestad se sirve mostrarme otro camino”. [2]

En febrero de 7929 inicia su Seminario Menor, al cumplir los 13 años de edad. La vida sencilla del comienzo del Seminario de Misiones se desarrolla en la pobreza y en la oración intensa, animada con el entusiasmo por el lejano ideal misionero y el ejemplo y fervor del Fundador; era entonces un grupo pequeño de unos 70 niños y 5 sacerdotes.

Y desde este primer año comienza también una serie de coincidencias providenciales que se repiten a lo largo de su vida. Precisamente ese mismo año de 7929 el Obispo Fundador llamó a colaborarle e n la formación humanística y sobre todo espiritual, al Padre Miguel Ángel Gallego, maestro y sacerdote, quien se apresuró a manifestar su entusiasta aceptación con el siguiente telegrama:

“Campamento 7 de abril de 7929. Señor Obispo, Santa Roso Osos. Gustosísimo empiezo mayo Seminario Misiones. Así alcanzo mi más bello ideal: maestro sacerdote. Páguele Dios impagable beneficio. Miguel Ángel Gallego”. [3]

El Padre Miguel Ángel dejó profunda huella, sobre todo en sus novicios, durante los 15 años que estuvo en el Seminario, hasta el día de su muerte. Hombre de acertada sicología, profundo conocimiento de la persona, exquisita espiritualidad, descubrió desde el primer día en las cualidades del seminarista Jaramillo todos los valores que fueron brillando con modesta expresión.

El nuevo alumno se distinguió por su dedicación al estudio y a la oración y por su responsabilidad en los deberes. Hombre de pocas palabras, pero de picante y fina ironía, fruto de su capacidad de análisis y nunca con intención de fastidiar, dotado de una fina y hermosa voz y algún arte musical, deportista y laborioso, dones que cultivó en adelante toda su vida.

No exageramos al declarar que destacó entre sus compañeros siempre por lo profundo de sus reflexiones; era lector empedernido de los mejores autores que analizaba agudamente.

Los artículos que entonces escribía por sus deberes de estudiante , parecen de una persona mucho más avanzada en el buen decir. De allí que fuera el pequeño orador en las faenas literarias estudiantiles, con lucidez y deliciosa sencillez. Ya empezó a mostrar e[ amor entrañable por la inmensa obra misionera que era el Seminario de Misiones, uno de sus grandes amores y al que se consagró sin condiciones. Por ello alcanzó, sin buscarlo, ser una de las más puras glorias en la historia del Instituto Misionero.

En los aciagos días del primer decenio de existencia del Seminario de Misiones de Yarumal, lo único que no escaseaba eran las necesidades y Ia penuria. En ese crisol purificador que encendía la humildad, la pobreza, el trabajo y el ideal inflamado, se formaron estos primeros misioneros; trabajo, oración y amor integrado el ideal lejano en el tiempo, pero ya vivido en el alma.

 

Los seminaristas eran los obreros y artesanos: ¿qué más se iba a hacer? Y et seminarista Jaramillo, con su menuda humanidad y su caminar siempre acelerado, iba y venía alegre entre todos, en esas jornadas laborales, como el mejor obrero; sin demostración de flojera ni desánimo, construía su casa, la casa de su ideal, movido por el Señor: “Si el Señor no construye la casa, en vano se fatigan los obreros”. [4]

Eran los años maravillosos del nacimiento del Seminario de Yarumal. Y ese ambiente rural donde se aspiraba el olor del campo y se contemplaban los espléndidos horizontes montañeros, saturó sin duda el alma de este hombre, de verdad predestinado, siempre fiel a los dones de Dios que tuvo la fortuna y Ia gracia sobrenatural de comprender, cultivar y asimilar en su alma simple: parece que fue grande desde pequeño.

Su mejor descanso fue sin duda la oración y la profunda reflexión en la lectura de los mejores autores cristianos, eclesiásticos y profanos. Nunca abandonó esta virtud descollante: siempre estaba una oración en su boca, una alabanza en su alma, un rosario en su mano y un libro ante sus ojos, del cual hacía destilar lo mejor cada vez que enseñaba.

[1] Alocución en el día de la ordenación episcopal

[2] Jesús Emilio Jaramillo

[3] Archivo Imey

[4] Salmo 126, 1

CONTINUACION

SU VOCACIÓN

ESTUDIOS TEOLÓGICOS

SU MINISTERIO

SUPERIOR GENERAL

SU EPISCOPADO

 

JESÚS EMILIO JARAMILLO Y EL CELO ARDIENTE HASTA EL SACRIFICIO

Mons. Jesús Emilio Jaramillo M. mxy

¿Qué sentido tiene el martirio?

Este hombre es muy conocido para nosotros —javerianos— pero quizá desconocido para algunos. ¿Qué puedo decir de él? sólo que fue un seminarista aficionado por la oración, un sacerdote amante de su Instituto, un predicador de talla internacional y un obispo mártir; sí, sacrificó su vida en sintonía con el Evangelio.

He tenido el honor, aunque sin merecerlo, de acceder a los documentos de su causa de canonización. En los interrogatorios que hacen a personas como el padre Abraham Builes MXY o Mons. Heriberto Correa Yepes MXY, que lo conocían desde niño, no dejó de impresionarme la manera cómo se referían a él en su vida de seminarista: “… de mucha oración, en los paseos que hacíamos de seminaristas, él se iba con unos cuantos a un lugar apartado a orar”.

Sus alumnos y compañeros destacan que cuando subía al altar, ¡se transformaba! seguramente veían en él a Cristo, ese es el llamado del sacerdocio, la plena identificación con Jesucristo. Y lo sintió tanto, de tal forma, que adquirió fama de orador no por un simple ejercicio de retórica sino porque cuando hablaba, no lo hacía desde su intelecto sino desde su alma, desde su corazón, desde lo más profundo de su ser en donde Cristo estaba y brotaba a flor de piel.

Cuando estaba ejerciendo su noble labor, en su hogar, en el Instituto de Misiones Extranjeras de Yarumal, lo llamaron para que sirviera a la Iglesia Universal en la recién erigido Vicariato Apostólico de Arauca, a los 54 años como su primer obispo residencial. Allí se desempeñó no sólo como prelado sino como misionero, ¡nunca dejó de serlo! y tanta fue su entrega que lo hizo hasta la muerte, veamos la historia:

En Fortúl ya había un gravísimo antecedente de violencia: el párroco, Padre Raúl Cuervo, había sido asesinado en su propia casa el 25 de octubre de 1985. Ese crimen nunca se aclaró, dormía en la pesadilla de la impunidad. Acusaciones mutuas del ELN y la policía, pero ninguna luz que despejara las dudas y el carácter impune. En memorable homilía, tras el asesinato del párroco, Mons. Jaramillo dijo: “El Sarare está lleno de sangre, no hay lugar que no esté lleno de luto. Sólo hacía falta la sangre de un sacerdote para que la copa se llenara. Pero si hace falta más sangre, aquí está mi clero con su Obispo a la cabeza” (Octubre 22, 1985).

Monseñor Jaramillo anunció, a fines de septiembre de 1989, visita pastoral a Fortúl, el obispo inició su viaje acompañado por el Padre Helmer Muñoz.

“Como a las tres y media de la tarde del domingo, al cruzar un puente de madera sobre Caño Caranal, tres hombres fuertemente armados interceptaron a la comitiva episcopal. Hicieron detener el carro. Preguntaron: ¿Quién es Jesús Emilio Jaramillo?

Monseñor respondió: Soy yo, a sus órdenes.

Y le dijeron: Queda secuestrado.

Los sacerdotes acompañantes trataron de intervenir. Manifestaron que él era el Obispo y preguntaron para qué lo necesitaban.

La respuesta fue: “Pertenecemos al Ejército de Liberación Nacional y necesitamos a Jesús Emilio Jaramillo; es el que tiene mucha influencia y necesitamos que lleve un comunicado que tenemos para el gobierno, para el señor Intendente”; agregaron al secuestro a dos sacerdotes que sabían conducir vehículos.

Los guerrilleros ordenaron a otros miembros del equipo:” Ustedes se quedan aquí. Por aquí pasan muchos carros, digan que nosotros secuestramos a sus compañeros y que en dos horas los regresamos”. A la ingenua pregunta del Padre Helmer que conducía el vehículo  sobre si los guerrilleros creían en Dios, uno de  ellos respondió: “Mi dios es esto que tengo en mis manos (el fusil)”.[1]

Para resumir, el Obispo fue llevado por los guerrilleros, advirtiéndole al padre Helmer que fuera hasta La Esmeralda y regresara luego. Aquel 3 de octubre el Padre Helmer encontró el cuerpo sin vida de Monseñor Jesús Emilio Jaramillo Monsalve MXY, arrojado en el suelo, en posición boca arriba con los brazos extendidos en cruz. El acta de defunción anota como hora de la muerte, las siete de la noche, del dos de octubre. Trascribo los datos del examen de la necropsia:

“Heridas por proyectil de fuego en piel y faneras, estallido de ojo derecho, fractura de dientes en la mandíbula inferior derecha, orificio en el tórax, fractura tercio superior húmero derecho y metacarpianos derechos por proyectil de arma de fuego. Fractura de cráneo: fractura conminuta de hueso frontal, parietal y temporal izquierdos, occipital, fosa anterior y medio de cráneo; laceración cerebral masiva de lóbulo izquierdo de tallo cerebral. Fractura de 5 vertebras de la columna vertebral y 7 costillas. Laceración masiva del pulmón derecho y ápice del pulmón izquierdo. Arterioesclerosis, degeneración hepática.”[2]

No traigo a colación esto por amarillismo, sino para evidenciar la brutalidad de sus malvados justicieros. Según los informes recogidos, el “juicio” del E.L.N. en el cual se condenó a muerte a Monseñor Jaramillo había ocurrido seis meses antes. Según otros informes, la condena al Obispo la hizo el grupo guerrillero debido a que, por las intervenciones Pro Paz del Obispo, esa guerrillera se estaba relegando en importancia entre las comunidades. Los guerrilleros emplearon la estrategia de la difamación y la calumnia contra el prelado.

Tumba de Mons. Jaramillo en Arauca

Pero… en verdad ¿por qué lo asesinaron?, ¿si fue martirio?

No haré citaciones para no cansar al lector. El argumento es el siguiente: de un dinero del que estaba encargado Monseñor Jaramillo para los indígenas UWA se perdió una gran suma, millones para ser exactos, y obviamente le acomodaron ese delito a quien tenía la responsabilidad y el pago por él fue la muerte…

Pero “la verdad prevalecerá”, aquí está: en una carta manuscrita, a la que tuve acceso, del padre Abraham Builes Laverde MXY —su paisano, compañero y confesor— a  los investigadores de la causa de canonización de Mons. Jesús Emilio, el venerable anciano contó lo ocurrido: el secretario (no digo su nombre por las implicaciones que puede traer ello) del prelado fue quien robó esa gran suma de dinero, él mismo lo acepta en una carta al padre Rubén Salazar—hoy cardenal primado de Colombia—reconociendo su delito y proponiendo una forma de pago para que no lo enviaran a la cárcel.

Y la actitud de Mons. Jaramillo fue en todo sentido heroica, éste dijo al padre Builes: “en quien tenía toda mi confianza, me robó la platica de los indígenas, pero si lo denuncio lo mata la guerrilla”, es decir, que por proteger a su infiel secretario, quedó como ladrón ante los ojos de la guerrilla, los indígenas, el pueblo, la diócesis, Colombia toda. Pero él entendió que su imagen no era tan importante como la vida de un hijo de Dios

Es muy similar a lo que hizo san Maximiliano María Kolbe: “A la mañana siguiente, Gajowniczek fue uno de los diez elegidos por el coronel de las SS (nazismo) Karl Fritzsch para ser ajusticiados en represalia por el escapado. Cuando Franciszek salió de su fila, después de haber sido señalado por el coronel, musitó estas palabras: «Pobre esposa mía; pobres hijos míos». El padre Maximiliano estaba cerca y lo oyó. Enseguida, dio un paso adelante y le dijo al coronel: «Soy un sacerdote católico polaco, estoy ya viejo. Querría ocupar el puesto de ese hombre que tiene esposa e hijos». El oficial nazi, aunque irritado, finalmente aceptó su ofrecimiento y Maximiliano Kolbe, que tenía entonces 47 años, fue puesto, junto con otros nueve prisioneros, en ayuno obligado para que muriera. Los diez condenados fueron recluidos en una celda subterránea el 31 de julio de 1941.

Pero como —tras padecer tres semanas de hambre extrema— el 14 de agosto de 1941 aún sobrevivía junto a otros tres condenados y los oficiales a cargo del campo querían dar otro destino a la celda, Kolbe y sus tres compañeros de celda fueron asesinados administrándoles una inyección de fenol. Los cuerpos fueron incinerados en el crematorio del campo. Incluso en prisión y también en la celda de hambre, celebró, mientras pudo, todos los días la Santa Misa, distribuyendo la Comunión a otros prisioneros”[3]

Además de similar es evocador, pues antes de separarse Mons. Jaramillo del padre Helmer le pidió que lo confesara y lo absolviera.

Jesús Emilio Jaramillo Monsalve no sólo es mártir por haberse sacrificado por quien lo había traicionado, sino porque se entregó de tal forma a su pueblo, a su Instituto, a su Diócesis, ¡a Cristo! Que se olvidó de sí, cargando su cruz y entregándose a sus hermanos en un celo ardiente hasta el sacrificio.

Esteban Cañola Quiceno mxy

[1] Datos tomados de la página oficial de la diócesis de Arauca http://www.diocesisdearauca.org/?id=216

[2] Examen de necropsia, seccional de patología forense de Arauca, protocolo 044

[3] http://es.wikipedia.org/wiki/Maximiliano_Kolbe