Un solo día puede ser decisivo en nuestra historia

Jesús Emilio Jaramillo Monsalve. Profeta y mártir de la paz

“Desata la sandalia de tu pie porque la tierra que pisas es santa”.[1] Desnúdate de todas las cosas terrenas, si es necesario, desnúdate de ti mismo y comienza la caminada de la libertad. Como Moisés todos estamos llamados a escribir nuestra historia desde la pequeñez como la semilla de mostaza y desde el silencio como la levadura en la masa. Es necesario desatar la sandalia y ser ligeros de equipaje para hacer historia con una comunidad que no conozco, o conozco poco, y que será luego mi comunidad, como lo expresó con claridad el beato Jesús Emilio Jaramillo Monsalve mxy el día que tomó posesión como obispo de Arauca: “Éramos hermanos desde mi bautismo y no nos conocíamos”[2].

Desde la fe, Monseñor Jaramillo, asumió la comunidad araucana y como si fuera el primero y el último día de su vida, comenzó la caminada desafiando geografías, grupos humanos e ideologías, para hacer historia a semejanza del caudillo del desierto, con conciencia de profeta, de líder, de liberador y de guía. El año 1971 se convierte para él en el gran mojón de la historia: el Sarare, el piedemonte llanero y el llano; lugares habitados por propios y extraños que aferrados a la tierra, muchas veces, pierden su mirada sin trascender al cielo, al infinito, al dador de todo bien. Por eso, en una de sus meditaciones, el Beato afirmaba: “El Dios del más allá se coloca en el más acá… yo no tenía manera de ir. Si Él no viene yo no puedo ir. ¿Quién es capaz de pasar ese abismo, más allá de la nada? ¿Quién podía juntar en unidad? ¿Quién eres tú, Señor? y ¿Quién soy yo?”[3]. Con paso firme y decidido hizo historia con el pueblo de la vasta llanura de Arauca y por medio de visitas a los poblados, con sus conferencias radiales claras y oportunas, con programas de educación en las escuelas e internados y con el programa de “El equipo del Indio”, entre  otros, fue preparando al pueblo para el encuentro con el Dios que está a la puerta: ¡“Llega el Señor”![4], y convencido de su fe en Jesucristo exclamó lleno de júbilo: “De manera que en esta geografía, en este lugar preciso, sobre este poquito de tierra, aquí reventó la verdad un día, aquí reventó el esperado”[5]

El 19 de julio de 1984, el Vicariato de Arauca es elevado a la categoría de diócesis y el 21 de septiembre Mon. Jaramillo la asume como primer obispo residencial. Ahora el trabajo pastoral, en un territorio donde se es autónomo, sigue directrices claras: tiene objetivos a corto y largo plazo y metas precisas qué alcanzar con su gente. Se abren caminos, se acortan distancias, se fortalecen viejas amistades, los enemigos al igual que los amigos salen al camino, unos para desafiar con tempestuosas propuestas, otros para tender la mano y ofrecer un vaso de agua al peregrino de la paz que avanza fatigado con un bagaje de experiencias y años a cuestas sin lograr entrar en la tierra de promisión.

Monseñor Jaramillo pudo apreciar, en la región andina, la adhesión de los habitantes a la iglesia católica con una fe cargada de elementos tradicionales; valoró en la región o zona del Sarare la participación de los creyentes en los asuntos de iglesia y la buena acogida a los agentes de pastoral, pero también notó, en ellos, poca coherencia entre vida y fe cristiana; con dolor vio como la pastoral se ha visto entorpecida por la situación de violencia y muchos católicos obligados a militar en los grupos guerrilleros hasta convertir al Sarare en un río de sangre, y así lo expresó en las honras fúnebres del P. Cuervo, asesinado en Fortul: “el Sarare está lleno de sangre, ya se rebosó la copa, si necesitan más sangre ahí está la del clero de Arauca con el obispo a la cabeza” .

“La década del 80 marcó otra época dolorosa y desafiante en la vida de la diócesis de Arauca. La violencia tomó una fuerza impresionante, a tal punto que se puede decir que hoy Arauca es uno de los territorios más violentos del país…”[6]. Es necesario continuar la caminada y estar ahí con el pueblo; ahora se muestra con claridad el talante de un profeta habla como un hombre que ha despertado de una pesadilla, convencido de que esa pesadilla se convertirá en realidad. Sus conferencias radiales y sus sermones son como golpes de maza cuya intención era romper los cráneos más duros e indiferentes, y aunque deseara estar tranquilo, la Palabra de Dios quemaba en su corazón “como un fuego ardiente metido en sus huesos” (Jer 20,9); su relación con Dios, su identificación con Jesucristo, su compromiso con los pobres, la defensa del llanero, todo estuvo marcado por reproches y amenazas de los grupos armados y de los que, motivados u obligados por ellos, ponían resistencia a la voz del pastor. En sus escritos y en sus predicaciones había una constante: consciencia clara de que no temía a la muerte ni al martirio que tendría que sufrir por defender la verdad; martirio que sufriría en cualquier recodo del camino, abandonado por los suyos, “para no complicar las cosas”.

Cuentan los testigos oculares que “el 2 de octubre de 1989, el beato Jesús Emilio Jaramillo Monsalve regresaba a su residencia, tras haber realizado la visita pastoral a la parroquia de Fortul. Viajaba en un automóvil puesto a su disposición por el párroco de Fortul. En el vehículo, junto al Beato, viajaban otras cinco personas: el sacerdote Helmer José Muñoz, delegado diocesano de pastoral; el sacerdote León Pastor Zarabanda, párroco de Puerto Rondón; el sacerdote Rubín Rodríguez Salinas, párroco de Fortul; el seminarista Germán Piracoca; y la secretaria de la parroquia de Fortul, Claudia Rodríguez… En torno a las 3.30 p.m.,  el vehículo fue interceptado por tres hombres armados cuando atravesaba un puente sobre el rio Caranal. Éstos preguntaron quién era Mons. Jaramillo, y le indicaron que debía acompañarlos, asegurando que la única finalidad era que se hiciera portador de un mensaje para las autoridades civiles. En el vehículo partieron Mons. Jesús Emilio Jaramillo, los tres secuestradores y el sacerdote Helmer Muñoz, quien conducía”[7].

Ante los hechos de violencia que vivía la diócesis de Arauca en la década del 80, y con el secuestro de su obispo, se actualiza el viacrucis del mártir del Calvario.

Veamos el paralelo entre la pasión de Cristo y la pasión del obispo de Arauca. Nos narran los evangelios el drama cruento que se vivió después de la Cena el jueves santo y la resurrección del Señor el domingo de Pascua y nos narran los testigos la pasión del mártir de Arauca en términos semejantes:

  • “cuando la tropa se dirigió al Monte de los Olivos en busca de Jesús, al llegar al lugar, pregunta Jesús: “¿A quién buscan? Y la tropa respondió: a Jesús Nazareno. Y Jesús les respondió: Yo soy”. El 2 de octubre los secuestradores “hicieron detener el carro donde iban las seis personas del equipo de pastoral. Entonces preguntaron: ¿Quién es Jesús Emilio Jaramillo?” Respondió Monseñor: yo soy, a sus órdenes” (Jn 18, 7-8) … “Dar la vida por los suyos, llegó a ser ahora el ofrecimiento espontáneo de su episcopado, y por ello, el día de su detención para matarlo, pudo decir a sus verdugos: “Si me necesitan a mí, déjenlos ir a ellos”.
  • “Prendieron a Jesús y se lo llevaron” (Jn 18,12). También al obispo se lo llevaron: “la ruta que recorrieron fue: tomar la carretera que antes de Fortul conduce a Palmarito y hacia la paz”[8].
  • Tres horas de agonía de Jesús en la cruz, y tres horas de agonía del obispo hasta llegar al lugar del sacrifico: eran las 3:30 p.m. del día 2 de octubre, al cruzar el puente de madera sobre el caño Caranal cuando ocurrió el secuestro y llegaron al lugar del martirio a eso de las 6.00 de la tarde.
  • Jesús arrodillado suplicaba al Padre: ““Padre, si quieres, pasa de mí esta copa… más no se haga mi voluntad sino la tuya.” (Lucas 22, 42). El obispo entró en oración: “por el espejo del retrovisor el Padre Helmer vio que Monseñor llevaba el Rosario en las manos e iba rezando”… “Dos de los secuestradores se retiraron un poco para hablar a solas mientras otro montaba guardia. Entonces Monseñor y el Padre Helmer aprovecharon el momento para hacer una oración y se absolvieron mutuamente”. Luego el obispo “le pidió (al P. Helmer): ‘Por obediencia, váyase para que no compliquemos las cosas. Pongámonos en las manos de Dios y que se haga su voluntad’[9].
  • “Los soldados repartieron entre sí sus vestidos, echando suertes” (Lucas 23), 34) echaron a suerte sus ropas…” Al día siguiente, 3 de octubre, el P. Elmer regresó al mismo lugar, y encontró el cadáver de Mons. Jaramillo, con los brazos en cruz y el rostro desfigurado por los numerosos disparos. “El Padre recogió las pocas pertenencias que llevaba Monseñor: no apareció ni el anillo pastoral, ni el rosario que traía en sus manos, ni el reloj”[10]
  • “Entonces Judas, el que había entregado a Jesús, viendo que era condenado, devolvió arrepentido las treinta piezas de plata…” (Mateo 27, 3) Un grupo del ELN entregó personalmente al Padre Alfonso León el anillo episcopal “en un acto de respeto al Obispo y porque consideraba que esa insignia no la deberían tener ellos”[11].

“Mons. Rafael Arcadio Bernal, su sucesor al frente de la diócesis, declaró que el Mons. Jesús Emilio Jaramillo, uno o dos años antes de la muerte, ya había manifestado ante el Comité Permanente del Episcopado Colombiano que era consciente del riesgo, pero que no quería abandonar el ministerio encomendado. Esta conciencia del peligro se evidencia singularmente en la carta que escribió a Mons. August Peters el 29 de septiembre de 1989, precisamente cuando se disponía a realizar la visita pastoral a Fortul, donde encontraría la muerte.

 

A pesar de que pudo huir, refugiándose en Bogotá, él rechazó esta opción. En conversación con la esposa del testigo Luis Fernando Arango González, Mons. Jesús Emilio Jaramillo Monsalve afirmó al respecto: «Ese es mi rebaño, yo tengo que estar allí […]. El deber mío es estar con mi grey, y en ningún momento puedo renunciar. Si he de morir ahí, tendrá que ser así, porque Dios lo quiere»[12]. “La vida ejemplar del Mons. Jesús Emilio Jaramillo Monsalve, confirmada por todos los testigos, constituía el presupuesto para la aceptación del martirio. Las pruebas subrayan sus virtudes cristianas y religiosas ejemplares, y concuerdan en que el martirio fue la coronación de tal vida virtuosa”[13].

[1] Éxodo 3, 5

[2] Manuel J. Agudelo Mejía, mxy, “Seré testigo”, pg. 134

[3] Mon. Jesús Emilio Jaramillo mxy, Misterio de la Encarnación pg. 182, retiros a las Clarisas Cali.

[4] Divisa de su escudo episcopal.

[5] Mon. Jesús Emilio Jaramillo mxy, Misterio de la Encarnación pg. 183, retiros a las Clarisas Cali

[6] Manuel J. Agudelo Mejía, mxy, “Seré testigo”, pg. 162

[7] Manuel J. Agudelo Mejía, mxy, “Seré testigo”

[8] Ibiden

[9]Ibiden

[10] Ibiden

[11] Manuel J. Agudelo Mejía, mxy, “Seré testigo”

[12] Summarium Testium, pp. 196-197 (texto de la possition)

[13] Informatio, pp. 101-107 (texto de la possition)

Damián E. Chavarría mxy
Misionero en Medellín

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